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Monseñor (frustrada historia incompleta)

   En la calle angosta, el viento gélido barre despreocupadamente las hojas de otoño desnudas. La luna comienza a abrirse paso en el horizonte de forma tímida mientras unas pequeñas gotas comienzan a caer sobre mis hombros, buscando incesantemente un hueco de piel por dónde colarse. Miro el reloj, algo nerviosa, y, al ver la hora, aprieto el paso. No puedo permitirme llegar tarde. Al menos, no hoy.

   Tras unos minutos de intensa carrera, vislumbro una puerta. Sí, tiene que ser esa. Me aprieto contra la puerta, intentando conservar el calor, y presiono con fuerza el botón del timbre. Unos pasos lentos, al menos, más de lo que desearía, suenan en el interior de la casa durante unos instantes antes de que de que un crujido en el interior de la casa me confirma que alguien acaba de descolgar el telefonillo:

  —¿Diga? —la voz del hombre resuena perezosa, como si le molestara que estuviera interrumpiéndole en algo.

  —Eh, buenas, venía por lo del puesto de trabajo que ofrecían —murmuro, con demasiado nerviosismo como para comenzar a decir la lista de títulos y diplomas que llevo preparándome toda la tarde —. Soy…

  —Ah, sí, aqueia shica que me llamó aier —contesta, con un marcado acento inglés —. Spera un moment, que ia te abro la puerta.

  Se oye nuevamente un suave crujido dentro y los pasos vuelven a sucederse, con igual parsimonia; a este ritmo, pienso, tendré que invertir todo el sueldo en medicinas para la gripe. La puerta se abre y un caballero me mira durante unos segundos de arriba abajo mientras tirito.

  —Buf, qué tiempo de perros. Y dijeron que en esta provincia never había rain. Bueno, a lo nostro, querida —Sin siquiera preguntarme cómo estaba, se da la vuelta y prosigue caminando hacia el interior de la vivienda —. Pasa, no te quedes jaí fuera. A ese ritmo, te vas a quedar jelada.

  —Por mí no se preocupe.—murmuro, maldiciéndole.
  Dentro de la casa, desde luego, el frío no tiene cabida. Varias habitaciones, atestadas entre colecciones de antigüedades y muebles de estilo dieciochesco construidos con fina madera, se suceden mientras proseguimos nuestro camino. Al final del recorrido, lord Robert, como se hace llamar según el anuncio, entra en una habitación y, al ver que me quedo quieta, me hace un gesto para que le siga. 

  Estamos en una suerte de salón, único lugar de la casa donde los muebles parecen cubrir menos de la mitad de la habitación, con una hoguera anaranjada crepitando en uno de los extremos. Lord Robert se sienta en un sillón y dirige su mirada hacia una silla cercana, como conminándome a que me siente; mientras lo hago, me revisa inquisitivamente con la mirada. 

  Dudo que alguna vez haya habido dos personas con apariencia más desigual dispuestas una al lado de la otra: él, aun estando en su casa, va vestido de traje, aseado, con el pelo negro impecablemente peinado y las botas lustradas; yo, que en teoría soy la que se ha estado preparando en su casa, llevo los rizos castaños completamente mojados y despeinados, chaqueta y falda embarradas tras caerme un par de veces en la carrera hasta la casa y unos tacones de infarto de los que mi rictus en la cara dice claramente que me están masacrando los pies. Para mi fortuna (o desgracia, según se mire), lord Robert no dice palabra hasta que se me siento. 

  —Bueno, creo que debríamos presentarnos —me dice, mientras se acomoda en el sillón. Intentó hacer lo mismo, pero la silla resulta bastante incómoda. —Tú te llamabas …

  —Vidia —respondo como un resorte —. Santana Pradia. 23 años. Nacida en este pueblo. Nieta de un guía. Nivel de alemán C1 con certificado del Goethe Institut y de inglés C2 probado por sacar un Pass con Distinction el CAE de Cambridge hace 2 meses en …

  —Gracias por tanta information, pero solo te he preguntado por tu nombre —me corta, con una mezcla entre sequedad e ironía —. Por mi part, creo que voy a extenderme un poco más. Me llamo Robert. Robert Cower. Soy de Londres, aunque, gracias a las clases de spaniol que di de pequeño, creo que no se nota mi acento.

—Descuide —respondo, con imperceptible ironía. —. ¿Quiere que mantengamos la conversación en inglés?

Ou, no, no te preocupes. Así practico la lengua de Cervantes —comenta, como perdido en sus pensamientos—. Bueno, Vidia, creo que debes saber por qué estás aquí. Mi tía, que en paz descanse, gustaba mucho de viajar y, por alguna razón que no entiendo, fell in amor con Salamanca. 

»Yo que sé por qué, tendría un romance con alguien en la universidad o le gustaría much algún embutido. Tanto, que se gastó no recuerdo ia cuánto dinero en esta casa. Y ahora, me la ha dejado en jerencia. En fin, lo que de verdad me importa es saber si there is algo interesante en este sitio o sería más recomendable que vendiera la casa y volviera to Inglaterra.

Jugueteo con las manos nerviosamente. Llevaba toda la tarde preparándome para ser guía y ahora me hacen adoptar el papel de inmobiliaria. No es algo con lo que sienta cómoda; el sudor empieza a resbalarme por la frente. 

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La Vuelta al Heidelberg en 80 minutos (IV)

-Veras… es un poco violento -proseguía hablando al otro del teléfono la voz femenina.  – Tengo un amigo un poco molesto. Me he apostado con él… como decirlo… una buena cantidad de dinero, algo bastante grande…

 – ¿Quieres que le parta el cuello? -cortó el agente con sequedad.

 – No, no… – La voz de Aurelia se deslizó temerosa, antes de recobrar un pequeño punto de aplomo. – Mejor no. Le dejarías la ropa muy sucia. Y me dijo que me la dejaba en herencia. Me basta con que le detengas por cualquier cosa. Si tú no sabes por qué es, él lo sabrá.

  – Maldita sea… – susurró Willy. – Ya sabía yo que la cosa iba a empezar mal. ¿Qué hacemos?

 – Yo apuesto porque saltemos sobre él. – sugirió Nicaporte,chocando el puño contra la mano y moviéndose de tal manera que su enorme joroba pareciera unas anchas espaldas.

   – No seas idiota, sabe defenderse -mencionó Gertrudis. – Mejor vayamos por debajo de la mesa. Quizá no nos vea.

    El grupo, con indescriptible suavidad, se arrodilló y empezó a reptar por el suelo mientras Fix continuaba parloteando por el teléfono. La tensión se mascaba en el ambiente cual escarcha.

    -No se preocupe, doña Gertrudis. En cuanto los tenga a mano, me encargaré de ellos. ¡Eh, un momento! ¡Los del suelo! – Los viajeros contuvieron la respiración. La apuesta estaba finiquitada. – ¡Me van a ensuciar el suelo así! Lárguense de una vez y déjenme trabajar.

  Aliviados, Foh, Nicaporte y Gertrudis se levantaron, murmuraron entre dientes unas disculpas y dispusieron a proseguir su viaje.

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La Vuelta al Heidelberg en 80 minutos (III)

Al día siguiente, Willy, Nicaporte y Gertrudis, emprendieron su viaje por el colegio Heidelberg. El camino se antojaba difícil, pero todos se sentían con ansias de emprender. Los pasos, primero tímidos y luego imparables, comenzaron a sucederse con valor. El silencio del ambiente parecía rendirse a una inaudible melodía, como si los mismos pájaros piaran el gran acontecimiento a ocurrir. Pero por mucho que se suba, siempre hay gravedad. Nicaporte estaba a punto de enviarlos a los infiernos de la desesperación. Las ciegas ansias le sobrepasaron, y en un momento de emoción, empezó a correr de forma temeraria por una carretera infestada de apresurados conductores. Todos quedaron perplejos y comenzaron a gritarle..

 -¡Despacio, Nicaporte! ¡Cuidado!

 Sin embargo, el criado se desplazaba a la carrera guiado por un ímpetu sobrenatural. Sorteando con insultante velocidad a los desesperados conductores, llegó de una pieza a la otra acera y alzó los brazos en señal de victoria. El resto de su grupo, aún sorprendido, se las apañó también para cruzar y proseguir su camino.

 

 Sin embargo, en la oscuridad del Reform Club, Aurelia no estaba totalmente segura de la apuesta. Willy Foh, a pesar de sus defectos, tenía el ánimo más inquebrantable de todo el mundo y podía lograr vencer cualquier obstáculo. Pasándose el dedo por la barbilla, la mujer recordó en ese momento a un amigo que podía ayudarle.

 -¿Diga? -contestó una voz al otro lado del teléfono.

 -Buenas, Fix -sonrió Gertrudis complacida. – ¿Serías tan amable de hacerme un pequeño favor?

 -Si está en mi mano… – El agente Fix se paseó indolente por la recepción donde trabajaba, enrollándose el cable del teléfono en torno al cuerpo. Al otro lado de la puerta, el trío expedicionario escuchaba preocupado.

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La Vuelta al Heidelberg en 80 minutos (II)

   Era una brumosa mañana en el colegio Heidelberg, y los socios del Reform Club pasaban una agradable velada apostando en Clash Royale. Willy Foh y Nicaporte se encontraban despotricando sobre una reciente partida, mientras Aurelia y Gertrudis discutían sobre las últimas novedades tecnológicas. La jornada transcurría apacible cuando la discusión entre las dos mujeres subió de tono:

  -¡Lo del “joveboart” es una maravilla!- exclamó Gertrudis con entusiasmo- Estoy segura de que ni los corredores más veloces podrían igualarlo.

 -Te equivocas- le contestó Aurelia- En un colegio tan grande esos cachivaches se quedarán sin batería y esos conductorzuelos no sabrán ni andar. Además el récord de dar la vuelta al colegio en 3 horas no lo podrá superar nadie.

 -¡Mentira!- irrumpió en ese momento Willy Foh con un brazo acusador apuntando fijamente hacia las mujeres. Como siempre, demostraba su profunda atención al hecho de que nadie le había invitado a unirse a la conversación- Yo lo lograré en tan solo 80 minutos, ¡y os dejaré a todos con la boca abierta!

    Inevitablemente todos los presentes rompieron a reír ante la bravuconada. Sin embargo, a la fortuna le gustan las audacias y se esfuerza por darlas a luz. Aurelia, creyendo poder ganar un dinero con semejante dislate, le apostó que no podía. Willy aceptó la apuesta y Nicaporte, que estaba buscando su alianza en el juego, le secundó. Gertrudis, que tenía la hipótesis que Aurelia era gafe, se apuntó también.

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La Vuelta al Heidelberg en 80 minutos (I)

Allá por el 1873, Londres quedó asombrada por la audacia de un viajero. Eran  tiempos de cambio el liderazgo  bajo de la reina Victoria, los exploradores como Livingstone  o los científicos como Darwin ampliaban el mundo conocido. El positivismo certificó inspiraba a las gentes a explorar el universo. Y entonces, el mundo quedó conmocionado. Un caballero inglés llamado Phileas Fogg se apostó su fortuna a una vuelta al mundo que pasaría a la historia. La valentía y astucia de Fogg quedarían para siempre en el imaginario popular, inmortalizado por la pluma de un brillante escritor, Julio Verne. Pero hoy, nos disponemos a demostrar que Phileas Fogg era en realidad “Willy Foh”.

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Un Quijote Moderno

En un barrio de Madrid, cuyo nombre a nadie le importa, no hace mucho vivía un caballero de los de botín negro, corbata roja, colonia Armani y chaqué azul. En su cartera ya no entraban más que algunos euros de la prestación por desempleo, pero en sus ahorros nunca faltaban las rosas a su mujer el 14 de febrero o unos bombones a sus hijas cuando cumplían años.

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http://www.centromayoreslasolana.com/don_quijote_interactivo.htm

Se llamaba Pedro Pérez, aunque sus viejas novias lo llamaran El Guapo; frisaba los cincuenta y en sus ratos libres solía perderse en los periódicos que describían la vida de la época. Pero hete aquí que, de tanto que le indignaba lo que leía, pasaba horas como abducido; y en ocasiones, sin casi darse cuenta, cerraba de golpe el libro y, ante la sorpresa y desesperanza de su esposa e hijas, comenzaba a explicar el plan malévolo de los nacionalistas para romper España o cómo Marx había sido malinterpretado. De ahí que una mañana de enero se levantara con la mayor de las locuras en la cabeza:

– Me convertiré en el mejor político, comandaré a mi partido a la victoria y lo entregaré a la militancia.

E, inspirado por un impulso sobrenatural, desempolvó su 600, que todos llamaban viejo y hortera, pero que a él le parecía un nexo con la vieja clase media; comenzó a tararear un viejo himno francés que empezaba por La y, puesto a buscar un segmento de votantes, eligió al ciudadano medio español, que hoy en día invierte 26 horas diarias en la cola de la Apple Store a la espera del iPhone 7, pero que él imaginó como un campesino heroico e impasible ante la mafia bancaria mundial.

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http://www.universodelibros.com/news-view/un-don-quijote-moderno

Pertrechado con estas cosas, salió de su casa, irrumpió en un bar gritando ‘¡Todo el mundo a las urnas!’ y comenzó a repartir propaganda de su partido. El dueño del bar, divertido, le preguntó si tenía segundo de mando; ante el desconcierto de Pérez, le explicó que era necesario tener a un compañero carismático y buen orador para colgar vídeos suyos en YouTube y usarlo de limpiacoches. Pérez estuvo de acuerdo y llamó a Miguelito Llorens, un cantante de ópera catalán, que aceptó ser el segundón a cambio de ser gobernador de una nación catalana dentro de España.

Pedro empezó así a recorrer España dando discursos en las plazas públicas. La gente se reunía a escuchar sus tonterías, pero ante sus copiosas disertaciones sobre política, empezaron a admirarle y corear su nombre.

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http://www.eldiario.es/politica/discurso-Reagan-pidiendo-derribar-Berlin_0_653735278.html

En esto, un escritor llamado Antonio Eduardo Avellaneda se enteró de que el genial José Javier estaba triunfando con una parodia de Don Quijote y decidió crear su propio personaje, El Quijote Vasco, que empezó a recorrer España promulgando paz y amor. La familia Sánchez ya se estaba volviendo loca con estos dos, así que pidieron ayuda a una conocida youtuber, Susi10, la cual decidió acabar con Pedro retándole a una votación sobre quien tenía quien tenía mejor Pelo Pantene. Fue una encarnizada lucha; pero al final, la ilusión, la valentía y, sobre todo, los mítines a medianoche impidiendo dormir a los vecinos, triunfaron sobre los bailes de sevillanas mal ejecutados. Mientras la familia de Pedro sollozaba sin saber ya qué hacer para pararle, Pedro subió al atril jaleado por Miguelito y dijo lo siguiente:

-Tuve un sueño. Soñé que, de la nada, podía cambiar el mundo. Soñé que, aún llamado Pedro Pérez, podría ser Pedro Sánchez. Muchas veces les he dicho que mi madre me ha dado ánimo; les confieso la verdad: no tengo. Me creó un niño sin amor, en una noche, más que de placer, fría y rápida; sin más pasión que la de atar a su amante. En unos minutos seré entregado a un profesor, el me transformará en un número y caeré en el olvido. Mi recuerdo quedará en la memoria como un simple chiste y mi imagen será tan borrosa como un cristal en una mañana de lluvia. Puedes llorar e intentar retener mi nombre. O, simplemente, luchar porque alguien recuerde el tuyo, y con tu recuerdo honrar el mío.

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La pared no tiene la culpa (2)

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Y por ese mismo orgullo, obstinadamente, el Antonio de esta noche sigue sin aceptar las hojas. Celoso, toma su temida pluma y recorre los textos, buscando cualquier nimia falta que hubiera pasado desapercibida y por la que pudiera molestar a su compañera a aquella intempestiva hora. Sin embargo, en los textos de Rosa no se podían encontrar sino enhorabuenas y escuetas matizaciones estilísticas. Con la sangre hirviendo y algunas lágrimas ya resbalándole tímidas por la mejilla, cambia de humor: deja las hojas a un lado y mira la pequeña caja escarlata, contenedora de un espejo, que una vez compró y nunca le regaló. Le gusta, en ocasiones, pensar que ella, sencillamente, es un ángel y no puede competir. Una vez pensó en comprarle una joya de oro a modo de regalo, pero lo descartó: no luciría tan bien al lado de otra.

Melancólicamente sumido en sus pensamientos, abre la caja y se contempla a sí mismo: un hombre abatido y desgraciado. Murmura momentáneamente algo acerca del destino del espejo, que debería estar representando a un ángel y no a él. Finalmente, acaso sella su destino con unas palabras:

-Si solo pudiera verla cinco minutos y tener el valor de decirle algo…

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Como si el mundo se plegara a sus deseos, su imagen en el espejo se revolvió bruscamente y la figura de una mujer que se peinaba apareció frente ante su asombro. A Antonio le costó un poco reconocerla: acostumbrado a ver la melena de Rosa perfectamente peinada, se ha olvidado del trabajo que costaría dejarla bien.

Invadido por el pavor de que ella lo estuviera viendo, hace amago de ocultarse, pero Rosa o bien no lo ve o bien no le importa que la mire. Antonio permanece unos segundos observando embelesado como Rosa intenta en vano ordenar unos rebeldes rizos. Él abre la boca, asombrado de ver por primera vez un mohín de descontento en su faz. Ella suspira y, disgustada, deja el peine y, pijama celeste enfundado, se acerca a su mesa, donde garabatea algo en unos papeles. Después, con gesto melancólico, toma la fotografía de un hombre anciano y comienza a llorar. Antonio clava la mirada y se le hiela la sangre: la expresión del hombre es severa, adusta; pero en sus ojos almíbares se aprecia la misma serenidad que en los de la mujer que llora al mirarlos. A su lado, con el mismo marco dorado, sonríe una dama cuyo pelo, de tener algunas canas menos, bien podría confundirse con el de su hija.

Antonio, con el alma destrozada por el llanto de su amada, intenta decir algo, pero sus labios se niegan a despegarse. ¿Qué puede hacer en esta situación? ¿El ridículo, hablándole a un espejo? ¿El papel de caballero salvador, con el que no se siente cómodo, si es que una histérica Rosa no empieza a gritarle que cómo ha entrado en su habitación?

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La Pared no tiene la culpa (1)

   El 21 de abril de 2017, tras cinco años de intentos fracasados, finalmente la fortuna se apiadó de José Javier, un alumno del Heidelberg, más conocido como 2JREZ. Ese día ganó finalmente el Concurso del Libro del Colegio Heidelberg con un relato que hoy escribimos para que dejen su opinión, “La pared no tiene la culpa”. Una contrapuntada prosa y la furia de un argumento basado en su mortal pasión hacia “ese ángel en forma de niña” consiguieron que el jurado rematara de buena forma un camino que tantas veces estuvo a punto de no llegar a ningún puerto. Como dijo tras la final, “muchas veces sentí que sería el último de los premios que perdería , pero hoy quiero que sea el primero de los que gane”.

 

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Fuera de la ventana, el viento gélido peina las hojas de otoño caídas. La luna ya hace un tímido acto de presencia mientras los nubarrones se esfuerzan por ocultarla. Apenas nota unas gotas de lluvia mojando sus rizos azabaches, los pasos del hombre se tornan más rápidos: no ha traído paraguas y sabe que, si algo le moja las ropas, se le destrozaran irremediablemente. Llega a la puerta y rebusca con nerviosismo la llave; para su fortuna, la de su casa es fácilmente distinguible. Abre con rapidez y se apresura a entrar. Unos segundos antes de que cierre, un furioso trueno retumba en la acera.

   Antonio entra en su habitación y emite un quejicoso suspiro: al ir a dejar el maletín en la cama, varias hojas se han caído y le han recordado que debe encontrar algún trabajo de calidad que presentar al día siguiente a los inspectores de Educación. De mala gana desenfunda su desgastada pluma negra, que le ha regalado su mujer muchos años atrás, y toma algunas hojas al azar, rezando por que le tocara alguna redacción medianamente decente. Petición denegada: la primera hoja que toma, con algo más de 50 faltas ortográficas, parece escrita como si el autor desconociera las pautas del trabajo. La segunda mejora ligeramente, con 37, más que nada porque los tachones hacen ilegible la mitad del texto. El tercero, tras presentar el título “Las Klausulas Havusibas”, se lleva un orondo cero y la paciencia de Antonio.

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 Ya desesperado, comienza a rebuscar desesperadamente en su maletín algo que no parezca una recopilación de conversaciones de WhatsApp. Una pulcra hoja de color fucsia detiene su mano, esperanzada; pero no le hace falta llegar hasta el coqueto corazón estampado al final de la página a modo de firma para poder delatar a la autora. Rosa, Rosa, Rosa. ¿Quién es Rosa? ¿Dos luminosas pupilas almíbares entre una cascada de bucles de chocolate, donde él solo tiene un estropajo negruzco y dos hoscos ojos verdes? ¿Una precisa e impecable caligrafía que, hasta al escribir rápido, derrocha elegancia, mientras la letra de Antonio, a pesar de los infinitos cursos que ha tomado, no se distingue mucho de la de un médico? ¿Simpatía, risueño y una perpetua sonrisa, capaz de tomarse con humor que le mancharan el vestido en una fiesta, donde Antonio bebe e insulta? ¿Una amada maestra, receptora de bombones cada minuto, capaz de conseguir de sus alumnos textos que poco envidian de un Premio Nobel? ¿Una tímida amiga que, sin que él haya hecho nunca nada por ella, le felicita puntualmente en cada cumpleaños, le saluda cada mañana y hasta acaba de “donarle” algunos trabajos para los inspectores, dado que, a ella, de calidad, le sobran? Rosa, sencillamente, es perfecta. Hasta para ser odiada a muerte.

   Se han conocido muchos años atrás, cuando él llegó al centro, como un casi treintañero que acababa de salir de una carrera más aprobada por pena que por méritos y se consideraba el futuro presidente de España. Rosa, en ese momento una docente dos años más joven, le dio la bienvenida al llegar y le hizo una leve reverencia; Antonio, considerando que su tiempo era oro, se limitó a hacer algo lejanamente parecido a un saludo y buscar la cafetería. Pese a este desprecio que él siempre le profesaba, es  ella quien le ha salvado muchas veces de alumnos hartos o padres de alumnos hartos, dando la cara impasiblemente y logrando arreglar irresolubles desaguisados sin jamás reprocharle nada. A veces, al verla pasear por el patio con su insustituible vestido floral, el corazón de Antonio se acelera levemente y sus labios se preguntan a qué sabrían los de ella. Sin embargo, esas dudas se apagan cada vez que Rosa gana otro reconocimiento y el orgullo de Antonio se ahoga en su envidia.

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Corazón de Amor

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¡Ay, bello y desdichado amor!

      ¿Cuantos siguen  tu clamor? 

      ¿Cuantos, por obedecer su corazón,

      terminaron de perder la razón?

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     ¿Cuántos, cuando caiga la noche,

      cuando los instintos la piel rocen,

      sin pensarlo cogerán el coche,

       en busca del inalcanzable goce? 

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        Se detiene la vida

        Se encuentra a la dama

         La paciencia es ardida,

         la unión exclamada

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        Y sin embargo, por aquellos días,

       cuando mi vida aún era mía,

        cuando celoso de amor ardí,

        la vi

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          Los cabellos, cual cascada,

          los ojos, podría surcarlos una armada,

         los labios de escarlata,

         los ‘piecillos’ , envueltos en una alpargata

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http://rincondeltibet.com/blog/p-los-hijos-olvidaran-8498

        De piel nívea,

        hablada tibia,

        belleza de libia,

         despierta envidia

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        Y en ese preciso instante,

       cuando quiera que un beso de sus labios arranque,

       cuando el muérdago se tiña festivo,

       yo volveré a estar vivo.

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      Pero mientras tanto,

      de la espera harto,

      sobre mis penas un manto,

       y esta canción canto.

 

 

 

 

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Continuidad de los Parques

  El 3 de noviembre de 2016 era una mañana corriente en el parque. Leído el magistral relato de Julio Cortazar ‘Continuidad de los Parques’, comenzó un vasto comentario de dos páginas alabando aquellas líneas. Cuando parecía a punto de darse por concluida la faena, una última pregunta turbo al bolígrafo y le impidió levantarse de la hoja:

            ‘¿Qué serías capaz de hacer por amor?¿Olvidar, perdonar, matar? Razona tu                                                     respuesta en al menos media página?’

                   En ese preciso instante, el estudiante José Javier Ramírez Rodríguez se transformó en el poeta 2JREZ y como tal, en un imaginado y despechado amante. Esta fue la contundente respuesta:

 

 ” (…) Y todo lo ocasiona el amor. Esa fútil y perenne agonía que los poetas se empeñan en declamar, los desencantados en maldecir, y los inteligentes en ignorar. Porque no existe. Porque fuera de usarlo como como fantasía, como lírica brisa de prado en una poesía, es un sueño. Porque aún como arma del diablo, fábrica de lágrimas, juntador de desgracias y separados de gracias, no nos cansaremos de alabarlo. Aunque a algunos nos haya escarmentado, aunque con sus blancas promesas de nuestra feliz soledad nos sacara, para luego solo humillarnos y reírse en nuestra cara, para recordarnos que no somos más que parias en un parto donde la inteligencia se olvidó de nacer, donde los que no trajeron propia son y serán siempre espejo y, como tal, labio de beso de los demás, no cesaremos.

                A mí me arrancaste la mano que en una ocasión intentó darte de comer. No olvidaré eso. No perdonaré para que la muerte que no causaste a la primera causes a la segunda. Hay gente que dice de por amor matar ser capaz. Enhorabuena, como asesinos tienen trabajo, como cómicos jubilación. El amor no te salvará del juicio. No será tu abogado. Será su testigo. Será tu fiscal. Incluso puede ser el juez al que más interese que te pudras y dejes de llarmarle por la noche impidiéndole dormir.

                                                                      2JREZ”