Publicado en Inspiración

Monseñor (frustrada historia incompleta)

   En la calle angosta, el viento gélido barre despreocupadamente las hojas de otoño desnudas. La luna comienza a abrirse paso en el horizonte de forma tímida mientras unas pequeñas gotas comienzan a caer sobre mis hombros, buscando incesantemente un hueco de piel por dónde colarse. Miro el reloj, algo nerviosa, y, al ver la hora, aprieto el paso. No puedo permitirme llegar tarde. Al menos, no hoy.

   Tras unos minutos de intensa carrera, vislumbro una puerta. Sí, tiene que ser esa. Me aprieto contra la puerta, intentando conservar el calor, y presiono con fuerza el botón del timbre. Unos pasos lentos, al menos, más de lo que desearía, suenan en el interior de la casa durante unos instantes antes de que de que un crujido en el interior de la casa me confirma que alguien acaba de descolgar el telefonillo:

  —¿Diga? —la voz del hombre resuena perezosa, como si le molestara que estuviera interrumpiéndole en algo.

  —Eh, buenas, venía por lo del puesto de trabajo que ofrecían —murmuro, con demasiado nerviosismo como para comenzar a decir la lista de títulos y diplomas que llevo preparándome toda la tarde —. Soy…

  —Ah, sí, aqueia shica que me llamó aier —contesta, con un marcado acento inglés —. Spera un moment, que ia te abro la puerta.

  Se oye nuevamente un suave crujido dentro y los pasos vuelven a sucederse, con igual parsimonia; a este ritmo, pienso, tendré que invertir todo el sueldo en medicinas para la gripe. La puerta se abre y un caballero me mira durante unos segundos de arriba abajo mientras tirito.

  —Buf, qué tiempo de perros. Y dijeron que en esta provincia never había rain. Bueno, a lo nostro, querida —Sin siquiera preguntarme cómo estaba, se da la vuelta y prosigue caminando hacia el interior de la vivienda —. Pasa, no te quedes jaí fuera. A ese ritmo, te vas a quedar jelada.

  —Por mí no se preocupe.—murmuro, maldiciéndole.
  Dentro de la casa, desde luego, el frío no tiene cabida. Varias habitaciones, atestadas entre colecciones de antigüedades y muebles de estilo dieciochesco construidos con fina madera, se suceden mientras proseguimos nuestro camino. Al final del recorrido, lord Robert, como se hace llamar según el anuncio, entra en una habitación y, al ver que me quedo quieta, me hace un gesto para que le siga. 

  Estamos en una suerte de salón, único lugar de la casa donde los muebles parecen cubrir menos de la mitad de la habitación, con una hoguera anaranjada crepitando en uno de los extremos. Lord Robert se sienta en un sillón y dirige su mirada hacia una silla cercana, como conminándome a que me siente; mientras lo hago, me revisa inquisitivamente con la mirada. 

  Dudo que alguna vez haya habido dos personas con apariencia más desigual dispuestas una al lado de la otra: él, aun estando en su casa, va vestido de traje, aseado, con el pelo negro impecablemente peinado y las botas lustradas; yo, que en teoría soy la que se ha estado preparando en su casa, llevo los rizos castaños completamente mojados y despeinados, chaqueta y falda embarradas tras caerme un par de veces en la carrera hasta la casa y unos tacones de infarto de los que mi rictus en la cara dice claramente que me están masacrando los pies. Para mi fortuna (o desgracia, según se mire), lord Robert no dice palabra hasta que se me siento. 

  —Bueno, creo que debríamos presentarnos —me dice, mientras se acomoda en el sillón. Intentó hacer lo mismo, pero la silla resulta bastante incómoda. —Tú te llamabas …

  —Vidia —respondo como un resorte —. Santana Pradia. 23 años. Nacida en este pueblo. Nieta de un guía. Nivel de alemán C1 con certificado del Goethe Institut y de inglés C2 probado por sacar un Pass con Distinction el CAE de Cambridge hace 2 meses en …

  —Gracias por tanta information, pero solo te he preguntado por tu nombre —me corta, con una mezcla entre sequedad e ironía —. Por mi part, creo que voy a extenderme un poco más. Me llamo Robert. Robert Cower. Soy de Londres, aunque, gracias a las clases de spaniol que di de pequeño, creo que no se nota mi acento.

—Descuide —respondo, con imperceptible ironía. —. ¿Quiere que mantengamos la conversación en inglés?

Ou, no, no te preocupes. Así practico la lengua de Cervantes —comenta, como perdido en sus pensamientos—. Bueno, Vidia, creo que debes saber por qué estás aquí. Mi tía, que en paz descanse, gustaba mucho de viajar y, por alguna razón que no entiendo, fell in amor con Salamanca. 

»Yo que sé por qué, tendría un romance con alguien en la universidad o le gustaría much algún embutido. Tanto, que se gastó no recuerdo ia cuánto dinero en esta casa. Y ahora, me la ha dejado en jerencia. En fin, lo que de verdad me importa es saber si there is algo interesante en este sitio o sería más recomendable que vendiera la casa y volviera to Inglaterra.

Jugueteo con las manos nerviosamente. Llevaba toda la tarde preparándome para ser guía y ahora me hacen adoptar el papel de inmobiliaria. No es algo con lo que sienta cómoda; el sudor empieza a resbalarme por la frente. 

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