Publicado en Inspiración

La pared no tiene la culpa (2)

Resultado de imagen de TRABAJANDO DE NOCHE

https://sportadictos.com/2014/11/dormir-poco-cerebro

Y por ese mismo orgullo, obstinadamente, el Antonio de esta noche sigue sin aceptar las hojas. Celoso, toma su temida pluma y recorre los textos, buscando cualquier nimia falta que hubiera pasado desapercibida y por la que pudiera molestar a su compañera a aquella intempestiva hora. Sin embargo, en los textos de Rosa no se podían encontrar sino enhorabuenas y escuetas matizaciones estilísticas. Con la sangre hirviendo y algunas lágrimas ya resbalándole tímidas por la mejilla, cambia de humor: deja las hojas a un lado y mira la pequeña caja escarlata, contenedora de un espejo, que una vez compró y nunca le regaló. Le gusta, en ocasiones, pensar que ella, sencillamente, es un ángel y no puede competir. Una vez pensó en comprarle una joya de oro a modo de regalo, pero lo descartó: no luciría tan bien al lado de otra.

Melancólicamente sumido en sus pensamientos, abre la caja y se contempla a sí mismo: un hombre abatido y desgraciado. Murmura momentáneamente algo acerca del destino del espejo, que debería estar representando a un ángel y no a él. Finalmente, acaso sella su destino con unas palabras:

-Si solo pudiera verla cinco minutos y tener el valor de decirle algo…

Resultado de imagen de ESPEJO AMOR

http://blogsaludmentaltenerife.blogspot.com.es/2011/08/te-miro-detras-del-espejo.html

Como si el mundo se plegara a sus deseos, su imagen en el espejo se revolvió bruscamente y la figura de una mujer que se peinaba apareció frente ante su asombro. A Antonio le costó un poco reconocerla: acostumbrado a ver la melena de Rosa perfectamente peinada, se ha olvidado del trabajo que costaría dejarla bien.

Invadido por el pavor de que ella lo estuviera viendo, hace amago de ocultarse, pero Rosa o bien no lo ve o bien no le importa que la mire. Antonio permanece unos segundos observando embelesado como Rosa intenta en vano ordenar unos rebeldes rizos. Él abre la boca, asombrado de ver por primera vez un mohín de descontento en su faz. Ella suspira y, disgustada, deja el peine y, pijama celeste enfundado, se acerca a su mesa, donde garabatea algo en unos papeles. Después, con gesto melancólico, toma la fotografía de un hombre anciano y comienza a llorar. Antonio clava la mirada y se le hiela la sangre: la expresión del hombre es severa, adusta; pero en sus ojos almíbares se aprecia la misma serenidad que en los de la mujer que llora al mirarlos. A su lado, con el mismo marco dorado, sonríe una dama cuyo pelo, de tener algunas canas menos, bien podría confundirse con el de su hija.

Antonio, con el alma destrozada por el llanto de su amada, intenta decir algo, pero sus labios se niegan a despegarse. ¿Qué puede hacer en esta situación? ¿El ridículo, hablándole a un espejo? ¿El papel de caballero salvador, con el que no se siente cómodo, si es que una histérica Rosa no empieza a gritarle que cómo ha entrado en su habitación?

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s