Publicado en Inspiración

La Pared no tiene la culpa (1)

   El 21 de abril de 2017, tras cinco años de intentos fracasados, finalmente la fortuna se apiadó de José Javier, un alumno del Heidelberg, más conocido como 2JREZ. Ese día ganó finalmente el Concurso del Libro del Colegio Heidelberg con un relato que hoy escribimos para que dejen su opinión, “La pared no tiene la culpa”. Una contrapuntada prosa y la furia de un argumento basado en su mortal pasión hacia “ese ángel en forma de niña” consiguieron que el jurado rematara de buena forma un camino que tantas veces estuvo a punto de no llegar a ningún puerto. Como dijo tras la final, “muchas veces sentí que sería el último de los premios que perdería , pero hoy quiero que sea el primero de los que gane”.

 

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Fuera de la ventana, el viento gélido peina las hojas de otoño caídas. La luna ya hace un tímido acto de presencia mientras los nubarrones se esfuerzan por ocultarla. Apenas nota unas gotas de lluvia mojando sus rizos azabaches, los pasos del hombre se tornan más rápidos: no ha traído paraguas y sabe que, si algo le moja las ropas, se le destrozaran irremediablemente. Llega a la puerta y rebusca con nerviosismo la llave; para su fortuna, la de su casa es fácilmente distinguible. Abre con rapidez y se apresura a entrar. Unos segundos antes de que cierre, un furioso trueno retumba en la acera.

   Antonio entra en su habitación y emite un quejicoso suspiro: al ir a dejar el maletín en la cama, varias hojas se han caído y le han recordado que debe encontrar algún trabajo de calidad que presentar al día siguiente a los inspectores de Educación. De mala gana desenfunda su desgastada pluma negra, que le ha regalado su mujer muchos años atrás, y toma algunas hojas al azar, rezando por que le tocara alguna redacción medianamente decente. Petición denegada: la primera hoja que toma, con algo más de 50 faltas ortográficas, parece escrita como si el autor desconociera las pautas del trabajo. La segunda mejora ligeramente, con 37, más que nada porque los tachones hacen ilegible la mitad del texto. El tercero, tras presentar el título “Las Klausulas Havusibas”, se lleva un orondo cero y la paciencia de Antonio.

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 Ya desesperado, comienza a rebuscar desesperadamente en su maletín algo que no parezca una recopilación de conversaciones de WhatsApp. Una pulcra hoja de color fucsia detiene su mano, esperanzada; pero no le hace falta llegar hasta el coqueto corazón estampado al final de la página a modo de firma para poder delatar a la autora. Rosa, Rosa, Rosa. ¿Quién es Rosa? ¿Dos luminosas pupilas almíbares entre una cascada de bucles de chocolate, donde él solo tiene un estropajo negruzco y dos hoscos ojos verdes? ¿Una precisa e impecable caligrafía que, hasta al escribir rápido, derrocha elegancia, mientras la letra de Antonio, a pesar de los infinitos cursos que ha tomado, no se distingue mucho de la de un médico? ¿Simpatía, risueño y una perpetua sonrisa, capaz de tomarse con humor que le mancharan el vestido en una fiesta, donde Antonio bebe e insulta? ¿Una amada maestra, receptora de bombones cada minuto, capaz de conseguir de sus alumnos textos que poco envidian de un Premio Nobel? ¿Una tímida amiga que, sin que él haya hecho nunca nada por ella, le felicita puntualmente en cada cumpleaños, le saluda cada mañana y hasta acaba de “donarle” algunos trabajos para los inspectores, dado que, a ella, de calidad, le sobran? Rosa, sencillamente, es perfecta. Hasta para ser odiada a muerte.

   Se han conocido muchos años atrás, cuando él llegó al centro, como un casi treintañero que acababa de salir de una carrera más aprobada por pena que por méritos y se consideraba el futuro presidente de España. Rosa, en ese momento una docente dos años más joven, le dio la bienvenida al llegar y le hizo una leve reverencia; Antonio, considerando que su tiempo era oro, se limitó a hacer algo lejanamente parecido a un saludo y buscar la cafetería. Pese a este desprecio que él siempre le profesaba, es  ella quien le ha salvado muchas veces de alumnos hartos o padres de alumnos hartos, dando la cara impasiblemente y logrando arreglar irresolubles desaguisados sin jamás reprocharle nada. A veces, al verla pasear por el patio con su insustituible vestido floral, el corazón de Antonio se acelera levemente y sus labios se preguntan a qué sabrían los de ella. Sin embargo, esas dudas se apagan cada vez que Rosa gana otro reconocimiento y el orgullo de Antonio se ahoga en su envidia.

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