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Diario de una derrota

¿Por qué lo hacéis? ¿Para qué? Acaso os causa placer, disfrutáis viendo caer a los que eran vuestros aliados, o al menos lo creían. Qué clase de ser repugnante y asqueroso sois. Llegáis para conquistar, derrumbar las más altas murallas y  haceros con el control. Mientras el otro líder esta sumido en un gran sueño.

Pasa el tiempo, y llega un día que os cansáis, os aburrís. Entonces decidís sustraer toda riqueza existente allí, huir como cobarde, y dejar a vuestro pasó un yermo y árido terreno sin vida. Ya nadie vitorea en las calles, ni comercia con el ganado… ¿Quién dará de comer a los pobres ciudadanos, o defenderá ese desierto de otros entes como vosotros?

Suele pasar que el más noble despierte, a veces hundido, otras en cambio furioso, y apestar de su infortunio decide atacaros, ya que desea veros sufrir.

Sin embargo otras veces no levanta, y sigue dormida, solo el altísimo sabe cuando despertará.

Potatopopov, hacia vuestra Merced

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La pared no tiene la culpa (2)

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Y por ese mismo orgullo, obstinadamente, el Antonio de esta noche sigue sin aceptar las hojas. Celoso, toma su temida pluma y recorre los textos, buscando cualquier nimia falta que hubiera pasado desapercibida y por la que pudiera molestar a su compañera a aquella intempestiva hora. Sin embargo, en los textos de Rosa no se podían encontrar sino enhorabuenas y escuetas matizaciones estilísticas. Con la sangre hirviendo y algunas lágrimas ya resbalándole tímidas por la mejilla, cambia de humor: deja las hojas a un lado y mira la pequeña caja escarlata, contenedora de un espejo, que una vez compró y nunca le regaló. Le gusta, en ocasiones, pensar que ella, sencillamente, es un ángel y no puede competir. Una vez pensó en comprarle una joya de oro a modo de regalo, pero lo descartó: no luciría tan bien al lado de otra.

Melancólicamente sumido en sus pensamientos, abre la caja y se contempla a sí mismo: un hombre abatido y desgraciado. Murmura momentáneamente algo acerca del destino del espejo, que debería estar representando a un ángel y no a él. Finalmente, acaso sella su destino con unas palabras:

-Si solo pudiera verla cinco minutos y tener el valor de decirle algo…

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Como si el mundo se plegara a sus deseos, su imagen en el espejo se revolvió bruscamente y la figura de una mujer que se peinaba apareció frente ante su asombro. A Antonio le costó un poco reconocerla: acostumbrado a ver la melena de Rosa perfectamente peinada, se ha olvidado del trabajo que costaría dejarla bien.

Invadido por el pavor de que ella lo estuviera viendo, hace amago de ocultarse, pero Rosa o bien no lo ve o bien no le importa que la mire. Antonio permanece unos segundos observando embelesado como Rosa intenta en vano ordenar unos rebeldes rizos. Él abre la boca, asombrado de ver por primera vez un mohín de descontento en su faz. Ella suspira y, disgustada, deja el peine y, pijama celeste enfundado, se acerca a su mesa, donde garabatea algo en unos papeles. Después, con gesto melancólico, toma la fotografía de un hombre anciano y comienza a llorar. Antonio clava la mirada y se le hiela la sangre: la expresión del hombre es severa, adusta; pero en sus ojos almíbares se aprecia la misma serenidad que en los de la mujer que llora al mirarlos. A su lado, con el mismo marco dorado, sonríe una dama cuyo pelo, de tener algunas canas menos, bien podría confundirse con el de su hija.

Antonio, con el alma destrozada por el llanto de su amada, intenta decir algo, pero sus labios se niegan a despegarse. ¿Qué puede hacer en esta situación? ¿El ridículo, hablándole a un espejo? ¿El papel de caballero salvador, con el que no se siente cómodo, si es que una histérica Rosa no empieza a gritarle que cómo ha entrado en su habitación?

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La Pared no tiene la culpa (1)

   El 21 de abril de 2017, tras cinco años de intentos fracasados, finalmente la fortuna se apiadó de José Javier, un alumno del Heidelberg, más conocido como 2JREZ. Ese día ganó finalmente el Concurso del Libro del Colegio Heidelberg con un relato que hoy escribimos para que dejen su opinión, “La pared no tiene la culpa”. Una contrapuntada prosa y la furia de un argumento basado en su mortal pasión hacia “ese ángel en forma de niña” consiguieron que el jurado rematara de buena forma un camino que tantas veces estuvo a punto de no llegar a ningún puerto. Como dijo tras la final, “muchas veces sentí que sería el último de los premios que perdería , pero hoy quiero que sea el primero de los que gane”.

 

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Fuera de la ventana, el viento gélido peina las hojas de otoño caídas. La luna ya hace un tímido acto de presencia mientras los nubarrones se esfuerzan por ocultarla. Apenas nota unas gotas de lluvia mojando sus rizos azabaches, los pasos del hombre se tornan más rápidos: no ha traído paraguas y sabe que, si algo le moja las ropas, se le destrozaran irremediablemente. Llega a la puerta y rebusca con nerviosismo la llave; para su fortuna, la de su casa es fácilmente distinguible. Abre con rapidez y se apresura a entrar. Unos segundos antes de que cierre, un furioso trueno retumba en la acera.

   Antonio entra en su habitación y emite un quejicoso suspiro: al ir a dejar el maletín en la cama, varias hojas se han caído y le han recordado que debe encontrar algún trabajo de calidad que presentar al día siguiente a los inspectores de Educación. De mala gana desenfunda su desgastada pluma negra, que le ha regalado su mujer muchos años atrás, y toma algunas hojas al azar, rezando por que le tocara alguna redacción medianamente decente. Petición denegada: la primera hoja que toma, con algo más de 50 faltas ortográficas, parece escrita como si el autor desconociera las pautas del trabajo. La segunda mejora ligeramente, con 37, más que nada porque los tachones hacen ilegible la mitad del texto. El tercero, tras presentar el título “Las Klausulas Havusibas”, se lleva un orondo cero y la paciencia de Antonio.

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 Ya desesperado, comienza a rebuscar desesperadamente en su maletín algo que no parezca una recopilación de conversaciones de WhatsApp. Una pulcra hoja de color fucsia detiene su mano, esperanzada; pero no le hace falta llegar hasta el coqueto corazón estampado al final de la página a modo de firma para poder delatar a la autora. Rosa, Rosa, Rosa. ¿Quién es Rosa? ¿Dos luminosas pupilas almíbares entre una cascada de bucles de chocolate, donde él solo tiene un estropajo negruzco y dos hoscos ojos verdes? ¿Una precisa e impecable caligrafía que, hasta al escribir rápido, derrocha elegancia, mientras la letra de Antonio, a pesar de los infinitos cursos que ha tomado, no se distingue mucho de la de un médico? ¿Simpatía, risueño y una perpetua sonrisa, capaz de tomarse con humor que le mancharan el vestido en una fiesta, donde Antonio bebe e insulta? ¿Una amada maestra, receptora de bombones cada minuto, capaz de conseguir de sus alumnos textos que poco envidian de un Premio Nobel? ¿Una tímida amiga que, sin que él haya hecho nunca nada por ella, le felicita puntualmente en cada cumpleaños, le saluda cada mañana y hasta acaba de “donarle” algunos trabajos para los inspectores, dado que, a ella, de calidad, le sobran? Rosa, sencillamente, es perfecta. Hasta para ser odiada a muerte.

   Se han conocido muchos años atrás, cuando él llegó al centro, como un casi treintañero que acababa de salir de una carrera más aprobada por pena que por méritos y se consideraba el futuro presidente de España. Rosa, en ese momento una docente dos años más joven, le dio la bienvenida al llegar y le hizo una leve reverencia; Antonio, considerando que su tiempo era oro, se limitó a hacer algo lejanamente parecido a un saludo y buscar la cafetería. Pese a este desprecio que él siempre le profesaba, es  ella quien le ha salvado muchas veces de alumnos hartos o padres de alumnos hartos, dando la cara impasiblemente y logrando arreglar irresolubles desaguisados sin jamás reprocharle nada. A veces, al verla pasear por el patio con su insustituible vestido floral, el corazón de Antonio se acelera levemente y sus labios se preguntan a qué sabrían los de ella. Sin embargo, esas dudas se apagan cada vez que Rosa gana otro reconocimiento y el orgullo de Antonio se ahoga en su envidia.