Publicado en Proyecto Sacheto

La Campaña Septembril (10): …& Olivina

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           -¡¿Ha perdido la cabeza o sencillamente se la ha dejado en la mesita de noche?!

           Como siempre que se exaltaba, a Arfi, duquesa de Piat, le resultaba imposible medir sus palabras. A su lado, su sempiterna enemiga, Inglata, por una vez de acuerdo con ella, se limitaba a asentir suavemente, a modo de liviana aprobación de sus palabras. Un poco más a lo lejos, Viuli había optado por omitir la ya larga discusión y sumergirse en sus profundos pesares. Antonio, emperador de Mitarch, se limitó a sostenerle la mirada a Arfi, con un desprecio absoluto a la opinión de la duquesa. El asunto que traía a la discusión era la guerra que sostenía el Imperio Mitarcho con el Imperio Javiense de Antonino, el cual había decidido por traicionar a sus aliado Antonio y atacarle mientras estaba en guerra con las tribus praferchas. Tras sangrientas batallas, no obstante, el ejército de Antonio había aplastado al de Javi, obligando a Antonino a rendirse y pedir la paz. La situación de dominio era tal, que prácticamente cualquier decisión habría acabado con enormes beneficios para los sachetos. No obstante, como siempre, Antonio había encontrado la fórmula para disgustar a las mariscales.

             -No veo cual es el problema. Las condiciones para Antonino serán claras. Cesan las hostilidades. Se le devuelve el territorio perdido. Se le indemniza por los daños causados. Y se sella la paz con el matrimonio entre Antonino y mi prima Almudena -Los ojos de Arfi e Inglata volvieron a ponerse en blancos ante aquella sarta de locuras. -¿Qué no entiendes de ahí?

            -Pues no sé Inglata, pero yo, desde luego, espero no entender la estupidez que acaba de decir ni, desde luego, que lo esté diciendo de verdad. ¿Las vidas de 7 000 soldados sachetos muertos no valen nada para usted? ¡No, perdón, que de regalo añadimos a una dama de Rácphanus! -chilló de nuevo Arfi, pero el emperador ni se inmutó.

           -Bueno, en ese caso, me basta con que comprendas que soy el emperador y no te estoy pidiendo tu opinión, solamente te informo de lo que va a pasar. Hoy mismo voy a cursar una carta a  la ministra de diplomacia y ella se encargará de hacer el trámite. Y si no quiere, ya tendrá algún subordinado que lo haga por su puesto… -mencionó y se dio la vuelta, rumbo a su tienda de campaña.

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             Las dos mariscales, ignorando a Viuli, se miraron con desconfianza.

             -A este ritmo, mañana nos mandará a ejecutar a las dos. El emperador se está volviendo loco. Y no hace falta que recuerde quien es la culpable de esto -murmuró Inglata.

            -Maldita Fanni. ¿Por qué diablos tuvo que haber visto esa campesina al marqués de Parfia? ¿Por qué tuvo Agustín que enamorarse de ella y no de cualquier dama de la aristocracia? ¿Por qué tuvo que morir y dejarle su fortuna a esa maldita?

               -¿Llamas morir a lo que le pasó al marqués de Parfia, condesa? -Viuli salió repentinamente de sus pensamientos y comenzó a recordar el rumor de que la muerte de Agustín no había sido accidental.

              -A falta de pruebas, supongo que tendremos que llamarlo así. Pero las cosas van a cambiar; tienen que hacerlo: los días de estupideces de Antonio en el gobierno van a terminar. ¿ Es necesaria la colaboración de alguien más en nuestra ‘aventura’? -interrogó Arfi.

-No, ni será necesario que ninguna de nosotras colabore. En unos días todo habrá terminado y lo mejor todo: nadie podrá incrimarnos. -sonrió con amplitud Viuli, siendo correspondida por las otras dos mujeres.

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     Estimada Jain Savic:

      Te escribo para comunicarte mi decisión de firmar el tratado de paz del emperador Antonino. Los términos en los que esta se firmará serán los siguientes…

       La entrada de la caseta crujió y entró una suave ráfaga de aire frío. Unos pasos sonaron con delicadez, penetrando en la tienda.

        -Buenas tardes, Fanni -saludó el emperador sin levantar la cabeza del papel.

        1) La devolución de todos los territorios que pertenecier…

        La pluma se paró en seco. El olor en el aire le impedía continuar. Aquel olor… Un aroma indescriptible se expandía lentamente por toda la caseta inundando con su majestuosa fragancia el olfato de Antonio. Parecía rocío deslizándose por el tallo de una planta recién bañada en bruma. O unas flores abiertas y dejando volar su polen por el cielo. A decir verdad, también tenía algo de miel cayendo por una cuchara y deslizándose por una lengua sedienta.

     Sorprendido, Antonio se levantó y se dio cuenta de que la persona que tenía delante delante no era desde luego Fanni; era otra mujer, una adolescente para ser exactos, cuya edad sin lugar a dudas no rebasaría los 19 años; de estatura mediana, tirando a baja, y un figura fina. Llevaba por zapatos unos altos y estilizados tacones de cristal, los cuales le alargaban unas piernas de piel nívea desnudas hasta la rodilla. Allí le empezaba un vestido lavanda, casi pálido, adornado con cristalillos, que le llegaba hasta su fino escote, donde nuevamente le dejaba hombros y brazos descubiertos. Las muñecas las cubría con dos ceñidos guantes de seda púrpura. La cara le parecía cubierta de nieve, con excepción de dos sonrosadas mejillas.

      Entre ella, dos gajos de intenso color de amapola, torcidas en una sonrisa, desvelando un brillo blanquecino. Encima, una afilada nariz y, más arriba, adornando una despejada frente, dos pupilas incoloras bañadas en crema de avellana; las orejas, a los lados, sostenían dos orondas y brillantes perlas albinas. Su melena rubia, de apariencia larga y rizada, la llevaba exquisitamente peinada en variadas trenzas, con una preciosa mariposita hecha en uno de ellas y una rosa envuelta en otra.  La belleza y complejidad del peinado desvelaban , sola o con ayuda, habría pasado horas de peluquería y perfumería.

    -Buenas tardes, señora…-Antonio alargó deliberadamente la última sílaba, esperando la respuesta.

   -Señorita -matizó la recién llegada. En su tono se advertía un cierto disgusto por el trato, pero en los ojos, junto a un cierto porte aristócrata, brillaba una latente inseguridad, un miedoso pavor. -Señorita Olivina del Prado.

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