Publicado en Inspiración

El Parque

           Había pasado el anochecer. Ocupado su reino por oscuros nubarrones, la dama blanca no osaba salir. Sin la luz que su belleza emanaba, la noche era más oscura que la misma oscuridad. La brisa corría como niña por los campos mojados de hojas secas y envases acabados, besando fugazmente los rostros de los amantes que aún en su gélido crepúsculo salían a buscarla.

            La seguían, acechándola como persiguen a una novia sus damas de honor, olorosas fragancias de la noche que se expandían suave e imparablemente por el parque; unas entraban con delicadez deleitando mi olfato, otra se limitaban a pasar de largo. Una vieja y sucia nube, matadora de gustos, que producían los coches de quienes, desesperados por alcanzar el sillón tras un largo día de trabajo, les daba igual arruinárnoslo a los demás. Aromas de florecillas brotadas en primavera, bañadas en los vientos que venían del norte. Y el olor a líquido, el roció que se deslizaba por sus tallos refrescándolas, era el más hermoso de todos.

              Pero, a su pesar, los olores no podían competir con el oído. Pocas cosas pueden hacerlo con el más maravilloso de los sonidos, ese de tan dilatada historia: el silencio. El suave crepitar de las ramas en donde, sin siquiera verla, sabía que se columpiaba la brisa, con aquella tan despreocupada alegría propia de una niña. El constante chirriar, casi queja, de mis gastadas zapatillas, que chillaban cada vez que las aplastaba contra el suelo y respiraban aliviadas cada vez que las levantaba. Y los veloces caminares de todos aquellos grillos que, ignorando inocente o deliberadamente mi presencia, se apresuraban a ocupar sus puestos en aquel concierto que en solo unos minutos iba a tener lugar.

          Pero yo seguí caminando. Mis zapatillas se siguieron quejando y la brisa prosiguió danzando a mis espaldas. Ignoré todo. El parque parecía un desierto, solo allanado por algunos perros que, como agudos economistas, calibraban las posibilidades de que alguien quisiera darles lo que llevaban en la mano. A decir verdad, aquello era un puente. Un puente entre dos mundos.

             Entre el antiguo, el de toda la vida, mi academia, al lado de tantos edificios que, aunque en apariencia gigantescos rascacielos capaces de mirarse de tú a tú con los de Nueva York, no eran más que viejos suburbios sin encanto, cuchitriles caídos a pedazos donde cientos de personas sin recursos se hacinaban. Entre el moderno, el de la burbuja, aquellos edificios, enormes apartamentos y chalés donde residía la gente que se hacía llamar a sí misma ‘nueva’, que pretendía presentarse presentarse como los estifes yobs canarios, aunque la mayoría solo fueran amigos, hijos o novios de la hija de la hija de algún viejo directivo, aunque algunos se gastaran en champán para fiestas el paro que de por sí ni para pagar el alquiler les daba.

               No solían coincidir por el parque, más que para tomar sus respectivos autobuses. ¿Quién quiere cruzarse con alguien ajeno a su entorno? Los unos consideraban a los otros arrogantes o corruptos, los otros no deseaban mancharse con ‘esos’. Meditabundo por aquella espiral de odios, buscaba incansable una solución cuando, repentinamente, una mano femenina me tocó el hombro: la hora me apremiaba incesante y educadamente. Cerré un momento los ojos y mi parque desapareció. Las puertas de la academia volvieron a abrirse ante mí.

2JREZ

 

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