Publicado en Proyecto Sacheto

La Campaña Septembril (4): Antonino

-Querido Antonino, -murmuró el emperador mitarcho con tono irónico, sorprendido de que su homólogo prosiguiera con lo que le parecía una locura – mi hermano arrasó hasta los cimientos todas las ciudades que se le opusieron. E hizo, por respeto al legado de Javier, una excepción con Lukó, a pesar de lo que costó tomarla. ¿Y el gobernador atreviéndose a rebelarse? Deberías operarte la vista; está muy de moda últimamente.

Antonino, el emperador de Javi, suspiró antes de hablar. El emperador Antonio de Mitarch, sentado en una mesa, y su Estado Mayor, le miraban con desprecio. Antonino había subido al trono unos meses atrás, después de que su padre se independizara de los trusqi’st y conquistara el territorio suficiente para convertir su reino en un imperio, tal como había hecho Arguiche en Mitarch dos siglos atrás. La diferencia era que la sociedad mitarcha, desde las nobles de más alta alcurnia hasta los campesinos sin empleo, loaban a uno como un héroe, casi un dios, y a otro le miraban con el mismo desprecio que miraban a advenedizos, enemigos y, en general, cualquier cosa que viviera fuera de las fronteras sachetas. Únicamente Dña. Jain Savic y su cuerpo de embajadores le profesaban algo más de respeto, aunque más por diplomática educación que por simpatía auténtica.

-Piensa lo que quieras. Yo simplemente te digo que mientras venía de camino de Lukó ha salido un ejército entero y no nos mataron por los pelos. -se defendió sin inmutarse.

Los generales prorrumpieron en sonoras carcajadas, ante la perspectiva de verle huyendo

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-Y digo yo -sonrió Antonio, sin perder la compostura -, ¿no se te olvidaría llevar la bandera mitarcha junto a la de Javi, cómo te indiqué? Conozco pocas  guarniciones que te dejarían pasar de otra manera, pero sí muchas que se ganarían mi favor persiguiendo a quién no la llevara hasta aquí.

-La llevaba. Pero no tengo por qué perder el tiempo hablando contigo y tu atajo de mitarchos. Puedo con los praferchos yo solo, no lo olvides -murmuró y se dio la vuelta para salir de la caseta dónde se reunían.

-Un momento, Antonino, antes de irte…

-¿Sí?-miró con escepticismo, esperando algún otro chiste.

Antonio se levantó y se acercó con paso lento. Era alto, algo menos que Antonino, pero su esbeltura le confería un cierto ascendiente sobre todos sus generales, a los que superaba, excepto a Staux.

-Mi ejército tiene varios miles de hombres. En comparación, Lukó podrá reunir unos cientos de aldeanos que no saben por que extremo dispara un fusil. En dos días puedo plantarme allí y en media hora echar las murallas abajo. ¿He de asumir que el Juan Manuel Arzavo, el alcalde, está loco, o es un genio que tiene montada una conspiración con los praferchos?

Antonino sonrió; al fin podía dar él el golpe de efecto.

-Bueno, yo he oído que el rey Çoan va a establecer su base allí. Unos 100 000 hombres, por ahí -dejó caer, como si fuera un cotilleo sobre cortesanas, y salió, satisfecho de haberles sembrado el caos. Su plan para conseguir en solitario la gloria y ampliar su imperio comenzaba.

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Dentro de la caseta, reinaba la frustración. Cada vez llegaban peores noticias para Mitarch.

-Así que Çoan -murmuró el comandante del Estado Mayor, con su jocosa ironía. -Tenemos a un prafercho en Lukó, otro con los zwinen, sumamos ocho de las once provincias conquistadas por José Javier declarándose praferchas, un buen puñado de líderes preparándose para abalanzarse sobre nosotros cuando demos un paso en falso… Lo malo de los rumores es que no se les puede pegar un tiro.

 

-A veces me pregunto si los praferchos no descienden de conejos. Si no, no me explico como pueden seguir teniendo tantos soldados después de las derrotas infligidas -comentó el emperador.

Los generales no escuchaban los comentarios. Cada cual pensaba en que si aquel ejército estaba cerca, podía caer sobre el campamento en cualquier momento y destrozarles. Viuli, con sus rosas en el pelo, era la que más ensimismada. A ella, al igual que a sus compañeros, le preocupaba el ejército çoanista. Aunque por motivos muy diferentes a los de ellos…

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-¿Viuli?-sonó la voz del emperador.

La mitarcha salió de su ensimismamiento y se apresuró en recuperar la compostura.

-¿Sí, señor?

-¿Estás bien? Todos estamos preocupados, pero noto en ti una preocupación especial.

-No, señor. Simplemente estaba pensando en cómo podríamos superar la amenaza- contestó, intentando disimular su nerviosismo lo imposible. No quería que un interrogatorio sacara aún a la luz aquellos sucesos que tanto avergonzarían a cualquier mitarcha que se preciara.

-Perfecto. ¿Podrías tomar a tus tropas e ir hacia Lukó para contener al gobernador unos días? Es crucial que no se unan aún al resto de los ejércitos.

Lo que le estaba pidiendo era un suicidio. Si era cierta la cantidad que decían, caería irremediablemente. No obstante, ¿no le habían dicho lo mismo después de su derrota en el paso de Suje, cuando decidió que no se iba a mover?

-Obviamente, señor. Solo una duda. ¿Vivo o muerto?

Antonio sonrió complacido. La dura general capaz de todo por la victoria había vuelto.

-Déjame el placer a mí, por favor -respondió, a lo que ella hizo una breve reverencia y se marchó.

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Para satisfacción de los generales, el antiguo héroe del reinado anterior comenzó a distribuir las tropas para hacer frente a la amenaza de de la mejor manera posible. El tiempo corría contra ellos; cada segundo que transcurría era una posibilidad más que los praferchos añadían a sus muchas de vencer. Todos los generales fueron saliendo, hasta que en la caseta solo quedaron Fanni, con aquel ajustado vestido púrpura que tan bién le habría quedado en cualquier fiesta, pero que resultaba horrible en pleno campo, más en una guerra, y el mismo Antonio, con su uniforme de militar y el shakó de pluma roja.

-¿Y esa mirada, majestad? Pareciera que fuérais a comerme en el acto. -comentó la marquesa.

-Estarías muy rica, pero no. Quería preguntarte tu opinión sobre todo eso. Si has sido capaz de dominar al hombre que tiene que salvarnos a todos, aunque sea sobre una mesa, algo podrás decir sobre esto.

-Depende. ¿Qué queréis saber?

-¿Necesitas que te lo diga? Los praferchos parece que en cada derrota suman hombres en lugar de perderlos. Mitarch en peligro. Y Viuli rarísima. Si no la conociera, me atrevería a decir que hasta está conspirando contra mí. -se puso a reír sonoramente . Fanni, que no conocía más que las burlas de todos los generales acerca de la ‘favorita’ (aunque nunca se hubieran tocado), se limitó a observarle en silencio.

-En ese caso, señor,  acercaos- se dispuso en una mesa y se sacó su tablero de ajedrez. -¿OS sintáis? 

-No, gracias. No es propio que juegue después de mandar a gente a la muerte.

-Vos mismo. ¿Cómo era…?-meditó un momento y, de golpe, movió y sacó piezas del tablero hasta dejar la partida en una situación tensa y equilibrada, con una ligera ventaja de las negras. -Esta fue la última partida que disputé con Agustín, mi marido. Nunca había conseguido ganarle y ese día, estrujándome la cabeza tanto como pude, llegué aquí. Sorprendido de cómo había ido la partida, me ofrecí las tablas.

.-Y me imagino que las aceptaste. Sería difícil romper ese equilibrio.

-Pues te equivocas. Me sentí poderosa y las rechacé. Nunca he pagado lo suficiente ese error. -Con rapidez, realizo una serie de jugadas que quebraron completamente  la resistencia negra. -Me pasé el día entero llorando. Solo porque me consoló no me marché de allí, dado que pensé que nunca iba a comprender el juego. Me dijo que siguiera probando y lo conseguiría pronto- Llegado ese punto, se le rompió la voz.- Unos días después, murió en un accidente y decidí dedicarme al ajedrez. He conseguido ganar a mucha gente, aunque supongo que el lo haría también.

-Lo siento por ti- comentó Antonio.

-No te preocupes, tú no habrías podido hacer nada por evitarlo. Lo que te quiero decir es que estás arriesgando demasiado. Firma la paz, Antonio. Nunca te arrepentirás de ella, sí de la guerra.

Antonio se apoyó sobre la mesa y pensó unos instantes.

-Lo siento, Fanni, pero la decisión está tomada -dijo, e hizo uno de sus movimientos.

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