Publicado en Inspiración

La Marquesa de Parfia

   Cerca de los últimos años del reinado de José Javier, segundo emperador de Mitarch, un caballero corría apresurado por las calles de Esqûd, sabedor de que iba a llegar tarde a una reunión con unos compañeros que les esperaban desde hacía ya varios minutos. Absorto como iba en sus pensamientos, no se cuidó al doblar la esquina y se estampó con una joven campesina, a la cual derramó el pesado cubo de agua que cargaba. El hombre se dispuso inmediatamente a disculparse, pero al ver la faz de aquella, empezó a tartamudear y no pudo menos que decirle algo parecido a una pedida de mano.

  La joven se asustó y salió corriendo de allí. Deprimido, asistió con desgana a la reunión y se las ingenió para encontrar, preguntando por tantos sitios como pudo, la casa de la joven. Sin atreverse a entrar, le dejó un pequeño sobre blanco en la puerta, doce horas más tarde, ella con la sábana blanca más limpia que encontró y él con la tela negra más fina que pudo comprar se veían de nuevo en la iglesia del pueblo. Veamos que contenía el sobre que inauguraría, en palabras de Fanni, los 6 años más felices de su vida: los de su matrimonio con el marqués Agustín de Parfia.

 

Cada día veo el cielo,

cada hora observo una flor,

cada minuto siento mi dolor,

pero solo cada segundo, pienso en unos ojos de hielo

 

He visto faros cuyas luces a la noche hacían día,

estrellas que resplandecían aún en el alba.

¿Pero de qué sirven luceros a la vista mía,

si tu llama, sin estar, aún me abrasa?

 

¿Quién fuera dichoso

de ver volar tu piel?

¿Quién sintiera el gozo

de en sus labios tu miel?

 

Tallada con finura la madera

puede ser cualquiera.

Tejida y desfilada a la luz de la vela,

hasta la peor seda.

 

Pero del chocolate dulce sabor,

del bosque serenidad y nobleza,

de la avellana pecaminoso ardor,

cascada que solo por tu cabeza cae.

 

¿Quién pudiera dar su vida,

por poder ver tu sonrisa?

¿Quién pudiera recoger del suelo tus lágrimas,

y solo guardarlas, como de oro una mina?

 

Hay semblantes pálidos,

el sol los cubrió de arena.

También los hay ardidos,

los cubrió la sombra de la palmera.

 

¿Pero suaves, cual pastel,

coloridos, de amber,

tersos, siempre eternos

sonrosados, llenos de besos?

 

¿Qué dama de cuna no lloraría,

por por ropajes llevar tus trapos?

¿Que persona no creería,

que todo en esa manta te has gastado?

 

Canta el mirlo sublime,

el petirrojo bello,

el ruiseñor que ni intente,

tu dulce silencio.

 

¿Qué puedo hacer, sino rendirme a tus pies?

¿Qué, sino rogarte que me aceptes como tuyo?

¿Qué, sino pensar que te arrullo cada noche?

¿Que, si mi vida la tuya es?

 

  ¿A qué creéis que se rindió Fanni? ¿A la riqueza de su nuevo marido o a este poema?

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