Publicado en Proyecto Sacheto

La Campaña Septembril: La furcia (2)

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https://en.wikipedia.org/wiki/Battle_of_Jena%E2%80%93Auerstedt

Los regimientos empezaban a completarse y Antonio seguía sin aparecer.La sombra de la torre de Alam, construida en honor a los caídos en la sucesivas defensas del Paso de Suje, pronto se convirtió en el lugar de una improvisada reunión entre los generales. Dusarle y Staux, los dos atléticos mariscales, defendían esperar a que llegara. Inglata y Arfi, las cuales, a pesar de lo que había pasado en palacio dos semanas atrás, seguían sin poder ni verse, argumentaban que había que pasar a la acción y acudir a palacio.

Ansor, un anciano general al que los años de servicio en la caballería habían envejecido, pero que seguía conservando la mirada de fuego del joven que dos décadas atrás había destruido completamente el sistema defensivo del general Bain en las Grandes Llanuras, convirtiéndose en la bestia negra de los praferchos, la misma mirada que seguía imponiendo respeto entre los jóvenes y arrogantes lanceros y los veteranos compañeros, Mawi, la brillante comparsa en los triunfos de Cureli que la sustituía por su enfermedad, Vuli, de la que decían que su arsenal de medallas daría para repartirlas entre todo el ejército, Qaxet, buscando vengarse del complejo de inferioridad que la guerra le había otorgado respecto a su distinguida esposa, y Arno, el frío y tosco gobernador de Gemein, se limitaban a observar desde la distancia. Lidi y Zanu hacía un par de días que se habían embarcado a sus destinos por el mundo.

La discusión discurría encarnizada, con ambos bandos intentando imponer su criterio, cuando Mawi les hizo una observación:

-Su majestad viene, damas y caballeros.

-Te corrijo, querida, viene una furcia tirando de su caballo -le replicó Arfi, con uno de sus incisivos comentarios, que tanto dedicaba a Inglata.

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Antonio cabalgaba con paso seguro a lomos de su fiel caballo níveo, Aljeu. Detrás, Okor Aladia, el rudo jefe del Estado Mayor, iba orgulloso de haber logrado convencer al emperador de tomar la vía militar contra los praferchos, deseoso de lanzarse a una guerra donde poder pasar a la guerra como el destructor final de la amenaza a los sachetos. A su lado, Jain Savic, la ministra de diplomacia, llevaba el mohín huraño, como lo llevaba desde que el emperador optara por ignorar sus consejos de pactar con los rebeldes de las provincias conquistadas, aunque fuera ella, por motivos personales, la que más motivos tuviera para desear su destrucción. Ninguno de los asistentes tenía motivos para mirarla con desagrado; era la mujer que cabalgaba al lado del emperador la que les inspiraba recelo.

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Fanni Aviqe, la vigente marquesa de Parfia, tenía 29 años. En sus menos de tres décadas de paso por Rácphanus había tenido tiempo de casarse, viajar por todo Mitarch, aficionarse a la pintura, convertirse en una reclamada dama de sociedad, enviudar y consagrarse como maestra de ajedrez, disciplina que la había hecho haber sido llamada al mismo palacio para demostrar su habilidad, donde hasta Antonio, preparado por los mejores jugadores de las sesenta y cuatro casillas, acumulaba ya un negativo de más de cien partidas intentando vencer los rápidos movimientos de aquellas graciles y blancas manos. Para la mayoría de los sachetos, sus logros podían ser resumidos en uno: ser la concubina del emperador.

Para la conservadora sociedad sacheta, aunque los antiguos lactrinos los llamaran esclavos de la lujuria, era intolerable que un representante de Dios en la tierra, de cuarenta y muchos años, educado por algunos de los más sabios monjes y aclamado por su exitosa estrategia durante el reinado de su hermano, el difunto José Javier, pasara varias horas de la noche encerrado en su habitación con una joven viuda. Las malas lenguas decían que sus dedos se tocaban más que a través de las piezas, aunque nadie hubiera podido demostrarlo.

Antonio se detuvo. El séquito se detuvo. Los generales y soldados se apresuran a cuadrarse.

-Ciudadanos -comenzó -, no es necesario que haga presentaciones. Hoy comienza nuestra última campaña. Hoy, vamos a rematar el trabajo que mi noble hermano inició y su muerte detuvo. Trabajo para el que contó con la maquinaria del emperador Arguiche, que a su vez la heredó de las tropas del rey Devu, que las obtenía de las reformas de su padre Siaru… -hizo una pausa. -Bueno, todos conocemos la lista y, si alguien no, no se la recitaré por la mañana.-Risa general. -Hoy partimos hacia la victoria, y no nos daremos la vuelta. Puede que algunos… muchos de nosotros no volvamos. Pero la gloria que Mitarch obtendrá hoy será perpetua. ¡Hasta la muerte!

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Todos comenzaron a aplaudir y gritar. Fanni, convencida de que su labor había terminado, hizo ademán de irse, pero Antonio la cogió del brazo.

-¿A dónde vas, señora marquesa?- solo la llamaba así en público y los primeros días que la vio.

– A Parfia, señor. Mi marquesado me necesita.

-De eso nada. Nos acompañaras en la campaña y participarás en las reuniones del Estado Mayor, como estratega de ajedrez que eres.

-Señor, no creo…

-Es una orden de tu emperador, Fanni. No te atrevas a desobedecerla.

Los aplausos cesaron, siendo sustituidos por un murmullo  general. Nadie se atrevía a llevarle la contraria, con la excepción de un carraspeo de Inglata. 

  – ¿Tiene algo que objetar, duquesa de Qastilgion? – recriminó Antonio. 

  – Mucho, señor, pero hacerlo sería decir cosas que ya todos los ciudadanos sabes – le respondió Inglata, sin inmutarse. 

  – Perfecto entonces. Sobre mis amigos, ni tu opinión ni la suya me importa. Y ahora, ¡marchando! 

   El sol bañó el césped por el que las tropas comenzaron a dispersarse. Tantos los infantes, con sus regios uniformes, la caballería, con sus brillantes armaduras, y los cañones, impolutamente tallados, andaban hacia su destino. El ejército mitarcho contaba con generales como Inglata, Arno o Mawi, genios de la guerra. Mitarch se había aliado con Antonino II, el gobernante de Javi, para aplastar a los praferchos y compensar el aplastante dominio de los aliados Algu y Meilui. ¿Por qué tenía entonces el emperador, aparte de la preocupación por vigilar que Fanni no escapara, el presentimiento de que algo iba a salir terriblemente mal?

 

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