Publicado en Proyecto Sacheto

Wapliud (La Víspera)

                 ¿Ves la bella luna? También resplandecía cuando Adagi y Eldón emprendieron su primer viaje. Todos pensaban que estaban locos; quienes les acompañaban, recibían el nombre de saip quen’s qen (hijos de la pareja loca). Era una bella noche. El viento soplaba sobre el mar como yo canto cuando te acuno. Eldón estaba nervioso; no había visto a su prometida desde el amanecer.

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                    Sus ojos azabaches, semiocultos bajo un flequillo moreno, iban y venían al ritmo de las olas que se estrellaban a sus pies, con sus pensamientos meditando aquello que horas atrás le había dicho Gagu, un viejo conocido: que más allá del mar no había nada. Se lo había comentado acercándose al puerto, cuando revisaba que todo estuviera dispuesto. Era el líder de la tribu desde casi un adolescente, y había aprendido a serlo a golpes de palo. Hubo quien no aceptó su liderazgo cuando murió su padre y una terrible guerra civil le obligó a demostrar lo que sabía de dominio. Diez largos años caminó por una cuerda floja ante el acoso de poderosos adversarios, en una lucha sin cuartel que dejó infinidad de muertes.

                          Finalmente, el agotamiento general le dejó como líder de un territorio devastado y yermo, que reconstruyó como mejor pudo. No obstante, aun que era de natural afable, desde entonces nunca toleraba cualquier oposición a su autoridad. La visita, aún cuando empleó el mejor tono que pudo, escondía un velada amenaza, concerniente a una vieja ley no escrita que le hizo titubear: quien se iba de la tribu, no podía volver. No obstante, las gestiones estaban ya demasiadas avanzadas. Algo que no le impedía seguir dando vueltas a la cabeza.

http://galeriarojas.com/pinturas/160?page=6

                           Algunos kilómetros mar afuera, una fémina en su jardín se embriagaba del aroma de las rosas caladas de rocío, las últimas que iba a ver en un tiempo. Cuando ya sus suspiros los hubo engullido la suave brisa nocturna, se sintió repentinamente exhausta y se arrebujó en uno de los sillas que solían acompañarla cuando  desayunaba con su madre. Su madre… Apenas recordaba ya aquellas manos sedosas de ágiles dedos que con 5 años trenzaban sus rizos rubios mientras ella clavaba sus esmeraldas en su dulce sonrisa. La misma sonrisa que se borró en la sangre de una cabeza partida frente a aquel mismo espejo, una noche de la guerra, por unos soldados más ebrios que el vino.

                 Y similar destino había estado a punto de correr de no haber sido porque su padre la escondió. Su padre…. Un hombre conservador, un viejo caballero de pelo blanco, firme defensor de Gagu y buscador de un buen matrimonio para su hija quien, obviamente, no era el aventurero del que se había enamorado su hija, del que se había enemistado profundamente. Adagi cedió uno más de sus suspiros al jardín, acompañado de una suave risa; apenas había rozado los 17 añitos y ya parecía tener más historia que la isla.

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                   Bostezando, Adagi se recostó sobre una de las sillas y cerró los ojos con suavidad, antes de sentir una sombra sobre ellos. Sus manos, aún a ciegas, se lanzaron como relámpagos y se aferraron a aquellas manos ante la sonrisa de Eldón, que le devolvió a su vez. A veces se sentía casi una niña en su presencia, ya que, no en vano, le llevaba siete años.

-¿Lista?-le preguntó su novio ampliando el gesto

             -¿Para besarte?-fue la respuesta, envuelta en la sempiterna risa que siempre acompañaba al particular sentido del humor del que siempre hacía gala.

                    -¿Me haces un hueco y te lo cuento?

                      Con una mirada lasciva en los labios, la mujer se echo a un lado y Eldón se sentó, con cuidado de no quitarle sitio. Ambos se miraron unos instantes, con las pupilas reflejando las estrellas del cielo empapadas en el amor que se profesaban.

                  -¿Te he dicho alguna vez que eres preciosa?

                        -Solo cada  vez que nos hemos encontrado. No obstante, seguro que sabes decírmelo en otro idioma.-las miradas volvieron a cruzarse, con los ojos brillando. Ambos sabían a que se refería. Él le acercó los labios a la mejilla, no obstante, ella se apartó repentinamente.

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                       -¿Qué te ocurre?

              -Bien lo sabes- le respondió Adagi, dirigiéndole una mirada cargada con cierta vergüenza.

                                    Sí, lo sabía. Lo que le ocurría se llamaba gapfun Kiun. Gapfun Aga Kiun. Un ‘caballero’, como se hacía llamar, hosco, tosco y de pelo mosco. Un cazafortunas ambicioso y salvaje, perteneciente a la adinerada estirpe de los Aga. Siempre había visto a Adagi como poco más que una criada de lecho con anillo,  y como tal no había tenido ningún miramiento en presionar a su padre, prometiéndole que su hija viviría mejor que la misma esposa de Gagu. Apenas un mes después, un despojo de humana protagonizaba una rocambolesca fuga hasta su casa y su padre, en vez de interesarse por ella, había contactado a Kiun para planear la fecha de su ‘devolución’. Nunca le había dicho que le había pasado, pero, desde que volvió, a pesar de seguir siendo tan romántica como de costumbre, se apoderaba de ella un miedo atroz cuando alguien, sobre todo Eldón, intentaba tocarla. 

                      -Lo entiendo-dijo rompiendo el fúnebre silencio que se erguía entre ellos-Y comprendo.  Pero no puedes pretender que renuncie a abrazar al amor de mi vida por el resto de ella.

                   -Y no lo pretendo.-su mirada era suplicante- Sin embargo, debes entender  también que no puedo volver a mirar a un hombre igual desde aquello. En aquella casa vi y sufrí cosas que me estremece recordar.

                       -¿Y no hay nada que yo pueda hacer ayudarte a curarte?-le tomó las manos, tanto con una suavidad propia casi de quien no quisiera que cuenta se diera, como con una firmeza, casi  propia de intentar evitar que se le resbalaran.

                       

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                               Le miro unos instantes directamente a los ojos, pensando, antes de separar los labios para formular la respuesta:

                                   -Solo necesito que me prometas una cosa.

                          -Pide y tendrás-fue la respuesta, ojos brillando..

             -Solo necesito que me jures, por la cosa más valiosa que poseas, que nunca, en los días que te queden, vas a dudar de mi palabra ni a ponerme una mano encima que no sea para acariciarme.-iba saliendo de su boca lánguidamente, con una voz suave y melosa.-Solo necesito que me prometas eso.

                         -Tienes mi palabra. Te lo juro… por mi amor.

                             Finalmente, sus labios se deslizaron como algodones hacia su mejilla y le depositaron un casto beso, antes de que las manos se agarraran la una a la otra y largamente las cabezas se balancearan al ritmo de la pasión. Nada interrumpió su amor, salvo el ruido de una rama rota cercana. Ambos se giraron violentamente. 

                          -¿Qué ha sido eso?- preguntó Eldón.

                                                           Adagi se acercó con cautela a uno de los arbustos, mientras este seguía agitándose fuertemente y Eldón permanecía expectante, con la respiración entrecortada. Retiró un poco las hojas y se le cortó la respiración al contemplar a…

                                 -¡Mis!- exclamó infantilmente mientras se volvía con una gatita parda en los brazos a la que acariciaba sin cesar mientras esta ronroneaba-¿Qué hacías por aquí?¿Qué te saca de tu hogar a estas horas de la noche?

                               -¡Una gata! Señor, ¡qué susto!

                                      -Te asustas de esta cosita- se carcajeaba Adagi-¡Valiente jefe para una expedición en busca de la inmortalidad!-se sentó nuevamente a su lado, antes de cesar de reír y poner cara seria-No obstante, por tus artes de hombre voy a perdonarte por hoy ese pecado`.

                                    Con las risillas aún resonando, los labios volvieron a juntarse. Pronto iban a emprender una expedición a Zambar, una isla donde, según decían los mitos, estaba la fuente de la eterna juventud. Eran felices: podían intentar conseguir la vida eterna, vivir una aventura sempiterna y, si todo se fuera al traste, se tenían el uno al otro. Sus besos se los traspasaban como dos tortolitos olvidando un viejo dicho que se alzaba sobre ellos peligrososo, esperando la oportunidad de demostrarse: freix bam liux al dan’dôz maik, la fortuna nunca sonríe con todos los dientes. Quince horas después, estarían en medio de la catátrofe más absoluta, sin tierra a la que aferrarse. Y en 10 días, su historia de amor habría muerto en las costas de Zambar.Leighton-Tristan_and_Isolde-1902.jpg

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https://es.wikipedia.org/wiki/Trist%C3%A1n_e_Isolda_(%C3%B3pera)#/media/File:Leighton-Tristan_and_Isolde-1902.jpg
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