Publicado en Proyecto Sacheto

Proyecto Sacheto: Geir çev il geix (Cuéntame una historia)

“Plu wak’hb neik çev suin’s, sûk nuek qual faq nouk, al çev nak, mav naq”

Wap-xoit Devu, Siaru qen        

‘Nunca más voy a salir de mi ciudad, ya he visto suficiente para saber que todo lo que necesito está aquí dentro’

   Príncipe Devu, hijo de Siaru

          

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Eran altas horas de madrugada cuando el matrimonio Savic, pretextando que la pequeña se estaba quedando dormida, se despidió de los en torno a 9 invitados que aún quedaban y salió del Salón de los Espejos para dirigirse a casa. Alesandri, acomodada en el hombro de su madre, los entretuvo nuevamente un rato jugando con los reflejos de los enormes espejos que había en la entrada ante las sonrisas de todo el mundo, pero cuando la pareja salió al jardín, la niña ya estaba dormida, murmurando de vez en cuando palabras incomprensibles entre sueños.

Jain y Pier caminaban por el parque de Devu (Devu Kôen) en el mismo silencio que la noche que les rodeaba. La hierba del parque, el más cuidado de la ciudad, por más que siempre le dolierá a los feyazos, se arremolinaba a su alrededor igual que la suave brisa veraniega, como un inquietante silencio que susurraba heladamente a sus oídos, como los cantos de los grillos. Jain, harta del él, lo rompió con sus palabras:

– ¿Podemos pararnos un momento?- dijo sin esperar respuesta, ya sentándose en el suelo-No puedo más con esta… ‘gordita’

Pier se dio la vuelta y la miró compasivamente.

– ¿Te ayudo con ella? – mientras decía, la mano tendía.

– No, gracias. Prefiero descansar un rato.

– Cariño, son altas horas de la noche. ¿Crees que te hará mucha gracia que la ministra de diplomacia se despierte mañana tirada en un parquecillo lleno de gente?

–  No hay que exagerar – mientras lo decía, un bostezo arrancó una sonrisa a su marido- No sé, podríamos hablar de la fiesta.

-Una fiesta en tu honor…-matizó el financiero

-¿En mi honor? No sabía que una tuviera que dejar que le partieran la espalda para que le hicieran una fiesta. En ese caso, procura no volver a felicitarme por mi cumpleaños.

– Regalos y recordatorios que me ahorro-se rió ante el enfado de su esposa.

http://picssr.com/photos/fotosdeosvaldo/interesting/page6?nsid=11791301@N07

De repente, Jain se recostó sobre sus codos y perdió la vista entre las estrellas, mientras levemente embozaba una sonrisa. Pier la miro largamente antes de atreverse a preguntarle en qué pensaba.

-Pienso en cómo hemos llegado hasta aquí.-le respondió sin mirarle, aún absorta en sus imaginaciones.

-¿Hasta aquí?. Bueno, pues hemos atravesado todo Feiaci, hemos saludado a Luci en su restaurante,…

El coscorrón que le propinó su furibunda esposa no le dejó terminar.

-¡Ay!-se quejó Pier

Jain le miró con molestia.

              -¡Hombres! ¿Por qué, señora, inventaste criaturas tan estúpidas? ¿No podrías habernos dado a las mujeres el poder de reproducirnos solas y ahorrártelos? -respiró un momento para calmarse y forzó la sonrisa más falsa que pudo para no despertar a Alesandri con sus zarandeos-Pier, cielo, llevo muchos años paseando por este parque, creo que sé perfectamente como ir de mi casa al trabajo.

           -Entonces, ¿a qué te refieres?-le dijo, observándola con cierta rabia.

            Ella le miró y suspiró, cansada a aquella hora de la noche de tener que dar explicaciones.

          -Me refiero a cómo hemos llegado hasta aquí…juntos. ¿Qué ha tenido que pasar para que yo, una niña más entre las miles nacidas cada año en esta ciudad, esté hoy aquí? ¿Qué ha hecho que esa cría que cada invierno jugaba por las calles abrigada con su bufandita púrpura a construir muñecos de nieve se convirtiera en una de las personas más poderosas de la isla, se casara con alguien como tú,-su mirada volvía a estar perdida por las estrellas, pero en ese punto sonrió como solo ella podía hacerlo para él-  y aguantara tres años a esos… bestias sembrando el caos por la ciudad con sus ataques por sorpresa? ¿Sabes lo que es salir cada noche y pensar que en cualquier momento puedes tener una daga atravesándote la garganta, y ahora, de repente, estar aquí y saber que estoy a las puertas de la felicidad, absolutamente a salvo? ¿Sabes en qué pienso?

               Ante la mirada de duda de su marido, le miró con la otra cosa que tenía en común con Inglata; la calma absoluta.

                -Mi amor, como se te ocurra sugerir en este romántico momento el día que vinieron esos indeseables a hacerme la guerra en la recepción, mañana Ali se prueba el traje de huérfana.

           Pier pensó un poco más antes de arriesgarse a responder:

      – ¿Estás pensado en nuestra boda? Fue un 7 de septiembre, ¿no?

http://www.efti.org/es/galeria/vanessa-salas-moreno/boda-medieval

                       La imaginación de Jain volvió a volar y recordó como su madre había tenido mucha razón cuando le aconsejó celebrar la boda en mayo y no esperar a septiembre, como ella, en sus inseguridades, pretendía. La lluvia dejó ilegible el libro de oración y el cura tuvo que hacer la bendición comiéndose infinitos fragmentos . El traje de novia se había ensuciado el día anterior, por lo que tuvo que presentarse con un vestido que, ciertamente, no era en ningún caso inapropiado, pero no era ni la sombra del que tenía ni de lo que todos esperaban de una ministra, más cuando el viento intentó en varias ocasiones desnudarle las piernas, y en algunas ocasiones le levantó la falda hasta la rodilla . La humedad del bosque en el que decidieron celebrarlo le encrespó el pelo de tal manera que, a pesar de intentar cepillárselo como pudo con el peine que siempre llevaba encima de joven, en palabras de todas las amigas que invitó “parecía llevar un pulpo encima”. Y cuando ya parecía que nada más podía ir mal, una rueda de la carroza en la que  iban hasta su nuevo hogar se partió, por lo que tuvieron que recorrer unos 17 km a pie en un terreno embarrado, una experiencia horrible para ambos, pero peor para la novia, quien, no habiendo andado nunca en tacones y pretendiendo hacerlo aquel día solo unos minutos, lo hizo dos horas, algo que le dejó los pies malheridos por un buen par de días. Nada que no pudiera remediar,  por otra parte, una más que satisfactoria noche de bodas plagada de besos y risas.

                  Esos pensamientos tenía Jain cuando volví a la realidad y se encontró con la mirada inquisidora de su marido. 

               – Te has acercado, pero no. Me refería a cómo empezó esto. Nuestra casa, nuestra ciudad, nuestro país… nuestra historia. 

               Esta vez, Pier acertó. Cualquier sacheto lo hubiera hecho. 

            – ¿Estás pensando en el camino que hemos recorrido desde los tiempos de Eldón? 

             – Y de Adagi- matizó Jain. Era también una constante. Los hombres suele creían que el único que merecía pesar a la historia era él y las féminas que era ella. 

              – Bueno, esa lo único que hizo fue ser su esposa y morirse. Punto. 

              – Pues si le hubiera hecho caso, hoy podríamos estar discutiendo con él quien de los dos tiene razón. 

              – ¿Para? El te diría lo mismo que yo. Y la historia, de todos modos, la conoce todo el mundo. 

               – ¡Yo no! – un chillido lastimoso, casi inaudible, se filtró por la oscuridad. 

                Jain cogió a Alesandri rápidamente:

               – ¿Has sido tú? – pero la pequeña seguía (o fingía estar) dormida, con sus ojitos tiernamente cerrados. 

          – Se ve que no-contestó Pier por ella, pero su esposa no se rindió. 

              Jain cogió a la niña y la tumbó en el suelo. 

             -¿No quieres hablar? Pues yo quiero hacerte hablar. 

              Sin demasiados escrúpulos, enrolló sus manos en torno al cuello de la niña y comenzó a hacerle cosquillas. Alesandri se despertó rápido y, entre risas, intentó zafarse, pero los dedos de su madre se colaban sin compasión por los huecos que dejara libre aumentando la frecuencia del rasquido. Las pocas veces que consiguió poner sus manitas en medio en medio le fueron retiradas sin compasión, dejándola indefensa. 

             – La pobre. Padres que matarían por qué su hija hablara y tú la torturas así. Anda, suéltala. – pero el no hacía nada por ayudarla. Después de todo, ¿qué podía haber pasado? 

               -¡Ni de broma! No la suelto hasta que confiese. 

                -¡Tsi! ¡Chi! ¡Yo fue! 

                 Jain paró un momento y la tomó en brazos. 

                  – ¿De verdad no la conoces? Es una historia de amor muy bonita. 

                 – No. Nunca m’abéis contaro-cuando hablaba, desprendía un cierto lloriqueo, además de tomarse su tiempo en elegir cada palabra de su minúsculo vocabulario. 

                  – ¿Y te gustaría? 

          Los ojos le brillaron. 

        – ¡Chi! 

            Su madre la cogió en brazos mientras miraba a su marido. 

        – ¿Crees que podría contarle la historia aquí? Te adelantas un poco y en seguida te pillamos. 

     – No creo. Es una historia larga y no son horas de contarla en un parque. 

     – Hmm, tienes razón. Bueno, Ali, nos vamos, te la cuento en casa. 

  Alesandri arrugó los morritos e hizo su última oferta. 

          -¿ No me la podías cotar en el camimo de casha? 

           – No, cariño, pesas mucho y mami no puede llevarte así. Tienes que es-pe-rar. 

         -¿ Y chi no quero esh-pe-rrar? 

    – No te lo cuento entonces- concluyó Jain y emprendió el camino a casa. 

               Jain llevaba un cuarto de hora despierta. No podía dormirse. Seguía sin acostumbrarse a volver a compartir cama tras tener suya propia durante el embarazo. De repente, hasta el mínimo goteo le parecía algo capaz de imposibilitar su sueño. Al rato de permanecer en la misma posición, empezó a sentir la garganta sedienta y por ir a la cocina a por un trago. No tuvo ninguna dificultad en sortear la oscuridad con su candil, pero en el viaje de vuelta, a medio camino, se le apagó. A ciegas, la ministra intentó llegar a su habitación dándose golpes con todo lo que se encontraba, pero fue incapaz de pensar dónde se hallaba en aquella oscuridad. No obstante, una luz en la que no había reparado estaba encendida en una habitación, a la que sin dudarlo entró ; la de Alesandri. 

            – ¿No puedes dormir, princesa?,  preguntó Jain entrando a su habitación. Su pequeña se hallaba sentada con la espalda contra la pared , de brazos cruzados. 

            – No. Y no voy poder ‘cerlo nuca. 

         – ¿Por qué, amor? – la sonrisa de la madre contrastaba con la seriedad de su hija. 

          – Poque no me has contaro el conto de Adagi 

         – Y Eldon – matizó su madre 

         – Y Leton-repitió su hija. 

         – ¿No prefieres mañana?  Es de noche y ambas estamos muy cansadas. 

             – ¡No! Me lo prometiste – gritó mientras intentaba golpearla antes de que su madre le parara el brazo en alto. 

                La mirada de la madre era seria. Alesandri temió que fuera a devolvérselo. 

            – ¿Vasme… Me pe… Vas a pegarme? 

           – No, cariño, por supuesto que no… – le respondió su madre mientras se recostaba con su hija sobre la almohada-Escucha. ¿Ves la bella luna? También resplandecía cuando Adagi y Eldon emprendieron su primer viaje. Todos pensaban que estaban locos; quienes les acompañaban, recibían el nombre de saip quen’s qen (hijos de la pareja loca). 

-¿D’ai provene el nome de sachietos que tato stas diciendo chempre ? – le interrumpió su hija, ávida de saber. 

-Sí, Ali, sí. Veo que eres muy atenta,pero no me interrumpas. Si tienes preguntas, levanta la mano. ¿Vale? 

-Vale

-Bien, como te decía, era una bella noche. Lejos de aquí, la brisa soplaba sobre el mar como yo canto cuando te acuno. Eldon estaba nervioso; no había visto a su enamorada desde el amanecer… 

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