Publicado en Inspiración

Del Tormento el Origen

                                              Nunca debí haber hecho aquello. Desde que se me ocurrió dar rienda a mis instintos más animales y abusar de ella de esa manera tan salvaje cuando aún era una inocente damisela incapaz de imaginarse que yo pudiera de hacerle aquello., mi vida es un tormento. Cada vez que el sol se escondía tras las montañas, y la puerta del dormitorio se cerraba dejándonos a ambos solos sobre el lecho, la jovial sonrisa que asomaba todo el día se esfumaba como quien se quita una máscara y se afanaba en la tarea de vengarse de mí con una furia que no he visto en persona alguna. Sabía perfectamente que tratar de usar mis mismas armas contra mí con tan poca experiencia, habiendo recién salido de la virginidad, era sufrir de una manera indecible, pero con tal de hacerme pagar por cada segundo en el que, agotada, había suplicado en vano mi clemencia rogando por que aquello acabara, cada día vuelve con más ahínco. Primero me lo tomé como un capricho suyo, ahora soy yo el que queda a sus pies implorando su perdón. Y Valentina, con ese aire de suficiencia que emana cuando está satisfecha, me mira de arriba abajo y me exige que siga. Pero ciertamente, no me arrepiento lo más mínimo de lo que le hice.

 

                    

                               Era una preciosa tarde de finales de junio. Las flores del jardín lucían resplandecientes como pocas veces solían estarlo y el rocío matizaba con sus brillos unos bellísimos colores. Sin embargo, tanto para ella como para mí resultaba extenuante soportar aquel calor, así que, mientras comíamos., sudando ambos lo que no estaba escrito, convenimos en reunirnos en nuestra habitación tan pronto como fuera posible. Valentina, que siempre solía comer rápido, y aquel mediodía comía con verdaderas ganas (en su hogar el clima era infinitamente más frío, razón por lo que le parecía estar en medio del desierto), terminó como siempre  varios minutos antes que yo, y se disponía ya a marcharse a la habitación cuando le agarré del brazo y, ante su mirada interrogante, le recordé que aquella tarde tenía una pequeña experiencia conmigo, que ya la noche anterior, viéndola cansada, decidí retrasar, pero que no pasaría de hoy. No podía resistir más tiempo sin enfrentarme a su mirada mientras estuviéramos haciéndolo tumbados en la cama. Claro que, ella obviamente no lo sabía, mi prima Alexandra y yo ya habíamos sostenido unos intensos encuentros nocturnos. Cuando termine de comer, subí a la habitación con calma y me sorprendí al encontrarme a Valentina tirada en el suelo. Me di cuenta de que, educadamente, me había esperado a la puerta, pero como había tardado mucho, se había quedado tirada en el suelo intentando soportar el calor. Con picardía, me acerqué gateando y le tiré suavemente de su falda, su reacción, como me esperaba, fue levantarse y mirarme enfadada, tras lo cual ambos nos miramos en silencio sonriendo y temiendo a la vez. Finalmente, viendo que me rogaba que entráramos, abrí la puerta:

 

-Las damas primero

 

                                                      Con gran satisfacción entró en la habitación como un vendaval, se quitó la chaqueta que aprisionaba como un férreo corsé sus desnudos blancos brazos y se recostó sobre el lecho. Me senté a su lado y me dispuse a su lado, acariciándola con suavidad, a lo que me miró con impaciencia, sin atreverse aún a pedirme que empezaramos. Me recosté sobre la cama y ella frente a mí. Un día antes me había preguntado si tomaban la iniciativa damas o caballeros y le respondí que las blancas, aquí y en cualquier sitio. Aquella ocasión opté por comenzar yo. A pesar del ánimo que había puesto, si no quería morir de calor aquello debía ser rápido. La acaricié por última vez… y  moví un peón al azar a la cuarta fila. Su respuesta fue ponerme otro a tiro.

 

-¿Te has percatado de que te lo puedo comer, principiante?

-Oh, es verdad. ¡Qué metedura de pata!-la cara de vergüenza que puso no tuvo precio hasta que, repentinamente, miró el tablero y, con una sonrisa en los labios, prosiguió- Bueno, siempre hay que hacer sacrificios. ¿No me explicaste eso ayer?

 

                                                                      Con repentino miedo en el cuerpo, escruté el tablero minuciosamente como si hubiera hecho el mejor movimiento. No hallé nada hasta que vi aquella casilla. Ni siquiera con Alexandra había visto eso. Primera jugada y partida definida. Le miré atónito. Probablemente ni ella sabía la jugada. Y pensar que me había tachado de loco cuando le dije que pensaba jugar al ajedrez todos los días.

 

-¿Lo has visto ya?-me dijo, quizá esperando que yo le dijera alguna jugada.

-Y tanto. Ni yo he perdido una partida tan rápido-Ante su platos de ojos, moví con deliberada y sádica lentitud la reina al lugar exacto.-Jaque mate.

 

                                    Miro el tablero confundida, buscando algo, pero el mate era incontestable. Finalmente, cuando ella se dio cuenta, bajo derrotada la cabeza, como a punto de llorar. Intenté forzar una sonrisa para consolar, pero lo que me salió fue una despiadada risa. Me arrepentí rápido. Valentina me clavó inyectada en sangre una mirada de odio y me dijo, con una voz mezclada con su llanto:

 

                                                -Creeme que voy a darte la satisfacción de jugar cada día. Pero esa estúpida risa te la vas a tragar amargamente en adelante. 

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