Publicado en Proyecto Sacheto

Proyecto Sacheto: Seaf (La Fiesta)

“Nouk’hb seaf nûl ket LipSon’gf de, au bam pum’qik dik feb nûk” Melisenda, Axgiqe nixfin

  “No sé si los sachetos inventaron la fiesta, pero indudablemente conquistaron a quién la inventó” Melisenda, esposa de Arguiche     

                                             Desde que fuera erigido por órdenes de Levui, la esposa del rey Devu, el Salón de los Espejos había reflejado siempre más polvo y soledad que parejas destacando con algún baile que se moviera un ápice de las normas sociales. No obstante, era de paso obligado para acceder al resto de las estancias del palacio, aunque esto le hiciera ganarse más el nombre de ‘Salón del Paso’. Por eso, no fueron pocos los sirvientes que se pusieron más que sorprendidos cuando les fue ordenado disponer amplias mesas y acondicionar el suelo de forma que sirviera como pista de baile, ni que de súbito empezaran a entrar los distinguidos generales que un par de meses antes habían salido rumbo a la muerte (propia o enemiga). Algunos, tan viejos como el mismo palacio, no recordaban haber visto alguna vez a una persona, como no fuera criado de limpieza, permaneciendo entre el Corredor de Rubí y la Gran Escalinata de Amatista más de dos minutos seguidos. Pero aquella noche fue distinto. El primer invitado había llegado a las 11:00. Siete horas, después, 13 invitados bebían, danzaban y le daban al salón la vida que no había tenido desde el fallecimiento de su fundadora.

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                          A la derecha del Salón, apoyada contra una columna de mármol negro, Inglata, conocida por derecho propio como la condesa de Qastilgion,  bebía sorbos sin perder de vista lo que pasaba en el resto del salón. El vestido al que se aferraba aquella noche no pasaba desapercibido, una larga falda de un blanco con un tono celeste, de manga tan ancha que parecía llevar una sábana encima cuando se movía, la cual además constaba  de delicados bordes dorados, a juego con sus sandalias, era su atuendo. Dicho calzado difería de los tacones de las demás damas de la sala, a las cuales además sacaba algunos centímetros de cabeza que coronaba con una corona de olorosos claveles, los cual adornaban una generosa cascada de lacios cabellos morenos que le llegaba hasta la cintura, haciendo sombra a su pálida piel y sus grandes y penetrantes ojos castaños.

                         No muy detrás de ella, un hombre, a pesar de la fiesta, calzaba el traje de luto que, salvo en el campo de batalla, era su piel. La mujer de Staux, Nínevi, había muerto infinidad de años atrás, pero eso no había amainado un ápice su dolor, aún cuando paseando a veces a solas por el parque se encontrara con tantas y tantas ‘admiradoras’ que intentaran arrebatárselo. Razones no le faltaban, pues, amarga expresión aparte, era considerado el paradigma del apuesto caballero. De los hombres más altos que podían verse merodeando por las calles de Rácphanus, gozaba además de una complexión envidiable para su edad, curtida en décadas de marchas al galope a lomos de un caballo. Pese a su odio a cualquier evento social, pues el lugar a un solo metro del cual Nínevi hubiera pisado alguna vez podía sumirle en la más absoluta depresión, era un maestro en el arte del cuidado del acicalado: sus rizos negruzcos estaban invariablemente peinados hacia la izquierda con una precisión casi angular, aunque los solía llevar siempre ocultos por su (adivinen de qué color) sombrero de copa.

                           Arfi, obviamente, no se disponía al lado de Inglata. Los criados, maestros del cotilleo, sabían desde siempre que ella y la de Qastilgion, por razones que todos en su memoria funestamente guardaban, eran capaces de despedazarse con los tenedores que mismamente tuvieran en la mano si se cruzaban a menos de un metro, así que se habían dispuesto sus comidas favoritas muy alejadas entre ellas. Hasta en su aspecto físico eran diferentes, como si se prepararan para diferir de la otra: a diferencia de lo que Inglata llamaba su ‘bella elegancia clásica’ , alabada como símbolo de buen gusto, Arfi prefería otras combinaciones. Si la condesa se peinaba cada noche una melena lacia y castaña, la duquesa llevaba una ristra de rubias ondulaciones hasta los hombros. Si en Qastilgion cualquier mensajero había de contarlas con los los ojos de roble de la condesa clavados en su presencia, en Antioqi los zafiros de la duquesa se decía que que brillaban hasta en la noche. Si la una, en verano o invierno, no salía a la calle sin sus ornamentados vestidos, aunque con la comodidad de sus talones no jugaba bajo ningún concepto tras las heridas que se había hecho de joven, la otra no tenía un solo reparo en llevar sus celebérrimos tacones de diamante y la falda hasta la rodilla, lo cual, ciertamente, no estaba de ninguna forma prohibido, pero solo ella, para contrarias a Inglata, se atrevía a llevar. Era casi imposible pensar que alguna vez, cuando niñas, la expresion “Arfi e ‘Gata” fuera casi un sinónimo amistad. Pero las cosas fueron invirtiendo y su amistad se fue convirtiendo en un odio salvaje, casi con tinte genocida.

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No muy lejos de allí, una curiosa pareja discutía con dos copas de vino en la mano cual sería la mejor flor para adornar el jardín. Viuli Akue, considerada por muchos , a una cierta distancia de Inglata, la mejor general sacheta, apostaba por rosas, quizá por las dos flores de Adagi que, apoyadas sobre sus orejas, adornaban aquella preciosa bohemia trenza de miel . Su marido Qaxet, el apodado ‘aquel desafortunado comandante’, abogaba por lirios, uno de los cuales, al que comparaba con su mujer, sostenía con una mano recubierta por su sempiterna levita dorada. Viuli, que ataviaba una tela escarlata , acercó el lirio a su nariz y se embriagó rápidamente con el suave olor mientras sus almíbares ojos se cruzaban con los verdes de su esposo. Entonces, ambos sonrieron pícaramente y prosiguieron la discusión.

Cerca de los pasteles de chocolate, departía también otro matrimonio. La dama en cuestión se llamaba Cureli,para amigos y enemigos, la gata negra de Feiaci, unos por su densa melena de rizos oscuros hasta los hombros y los otros por la mala suerte que daba cruzársela. Su vestido celeste, casi de la longitud de la cola de un traje de novia, solo solía ser eclipsado por el de su subordinaba Mawi, quien en el viaje había contraído una ligera gripe y había decidido declinar la invitación. El caballero era Ansor, el general más veterano de cuántos había en aquella sala. En el reinado de Devu ya había aparecido gestionando la tan necesaria reforma del equipamiento, así como la defensa frente a los declinantes valow’gf. Durante el reinado del emperador, él y sus Lanceros Alados había barrido las inmensas Grandes Llanuras de praferchos. De vuelta a Rácphanus entre vitores, quedó prendado de Cureli y no paró de cubrirla de regalos y alabanzas hasta que consiguió conquistarla. No en vano, a pesar de que los años iban pasando con lentitud a su pelo gris una gran factura, no obstante, sus ojos marrones seguían transmitiendo la intensa llama que el resto de su cuerpo no podía dar por él. Su última campaña había tratado de sofocar la gran rebelión de Juanma, donde, a pesar de su resistencia, el tesón y paciencia mitarcha había vencido a la indisciplina rival.

http://anacronicosrecreacionhistorica.blogspot.com.es/2013/06/la-temporada-londinense-durante-la-era.html

                               Jirayete, con sus inconfundibles bucles dorados enmarcados sobre sus verdes ojos, apenas podía no estar incómoda entre tres hombres. Era, a diferencia de Ansor, la más joven, y aunque la llenara de orgullo, también la intimidaba de vez en cuando. ¿Cómo no hacerlo con el corpulento Arno, con su espesa barba de roble y sus ropajes de caballero en pleno fiesta cortesana? ¿O Dusarle, a su diferencia ser esbelto, con ese aire de suficiencia que inspiraba desde la altura de sus negruzcos rizos que tan bien entonaban con sus ojos? ¿Quizá con Sarecu, voz ronca envuelta siempre en su engalanado traje de etiqueta y su rubio mostacho y pelo? No mucho más allá, la rubia melena de Lidi ocultaba la cabeza de aquel vestidillo blanco que con tanta pasión trataba de compensar sin miedo al que dirán los meses de ausencia  besando como una loca a su caballero, aún con su ridículo atuendo del que solo asomaban ojos grises y saltones. Todos, en fin, bailaban y festejaban su vuelta sanos y salvos de una guerra que pensaban ya no iba a volver. Solo una duda proseguía en sus cabezas, pero ya sin importancia: ¿por qué había el seco emperador José Javier convocado una fiesta y no se presentaba en ella? En Rácphanus había locales suficientemente grandes para hacerlas, y algunos de las casas tenían relativamente poco que envidiar  del palacio. ¿Qué bullía en su mente?

 

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