Publicado en Proyecto Sacheto

Proyecto Sacheto:Vuelta a Casa

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 Los rayos pálidos del sol teñían de purpura las olas doradas mientras los veleros avanzaban hacia el horizonte, arrullados por el suave viento que silbaba en las velas. Los marineros ,ociosos, se aferraban aún a sus puestos, algunos, recién recuperados de las feroces batallas  en los camarotes, soñando ya casi con una copa de vino blanco y una silla en el bar rodeados de amigos y familiares. Sus mentes ya habían soltado los cabos y vagabundeaban por las calles de alguna plaza, jugando con unos niños que apenas habían tenido de conocer, besando con un auténtica pasión el cuello de una compañera que aferraba sus cuerpos con pasión auténtica, susurrando entre sus oídos todo lo decible menos aquellos momentos en los que, en el fragor del combate, en una lucha para la que no había revanchas, lloviendo flechas y fuego encima, batiendo cada segundo a la misma muerte en una lucha perdida en la que solo su recuerdo les había mantenido vivos.

                            El grito se expandió por toda la cubierta. Hasta los lisiados corrieron a la cubierta, incapacitados para quedarse quietos sin asegurarse de que el rumor que se oía era cierto. Pocos se lo creían, pero era cierto: la gran estatua de Siaru, el símbolo insustituible del puerto de Pleiz, se erguía como una inconfundible sombra en el horizonte. No había amainado aún el griterío cuando el barco entraba ya en pleno centro de Rácphanus y apenas se echaron los puentes a tierra, el barco quedó desierto.

                             No muy lejos de allí, ajena al estruendo que había a su alrededor, una mujer se sentaba melancólica en el sillón de uno de los refinados restaurantes sachetos. A pesar de su enorme patrimonio, la condesa de Qastilgion no conseguía diluir sus penas en el vino. La había esquivado años ocupándose como había podido trabajando a destajo mientras tuvo la oportunidad, pero ahora, sola como la una entre tal mar de enamorados, no podía menos que contener el llanto en silencio. Los minutos transcurrían lentos e impasibles rebasando el tiempo convenido. Siete en punto. Siete y uno. Siete y dos. A las siete y tres una sombra a su espalda le tapó el sol. Con el reflejo del vino, distinguió la cara y no tardó en dejar de bañar sus mejillas en lágrimas y aflorar una sonrisa.

-Pensé que habrías muerto.

-¿Morir? Prometí que solo la muerte me separaría de ti, y créeme que le he dejado muy claro que eso es solo un formalismo.

              No se contuvo más. Inglata se dio la vuelta y se colgó de los hombros de su marido, como solía hacer siempre que lo abrazaba.

-Dusarle, mi amor…-decía buscando incansable sus labios

-Inglata, cariño-le respondía él fundiendo sus bocas en un intenso beso.

                           Enamorados como cuando se pusieron los anillos en la mano, sus cuerpos se unieron durante largos minutos sin que ni el uno ni la otra suavizaran un instante el pulso de sus labios. Hasta que la condesa notó como su marido le acariciaba suavemente el cabello, lo que solía hacer cuando quería decirle algo.

-Adivina quién viene por ahí

-No tengo ganas de adivinanzas, cielo

-No era tan difícil, la duquesa de Antioqi y el de Piat

Inglata volvió repentinamente su expresión un rictus de rabia y se giró con extremada violencia.

-¿Arfi y Sarecu? ¿La zorra egipcia y su marido?¿Dónde anda esa perra?

-En el mismo lugar que la loba fácil de Fouta-le contestaba su sempiterna enemiga, presente desde hacía dos minutos .

-Chicas,-Dusarle se adelantó intentando no meterse demasiado entre ellas-¿no podemos tener la fiesta en paz ni en un día de, precisamente, festejo?

-Perdona, pero yo no festejo en la misma habitación que una rata-rebatió Inglata-Que sepa hablar no la diferencia demasiado de ellos.

-¡Al menos yo sé hablar! No como ciertas asnas que increíblemente saben balbucear-no se quedó atrás Arfi.

                                                        Dusarle y Sarecu cruzaron unas miradas preocupadas; la conversación no solo subía de tono, sino también de volumen, lo que estaba haciendo girarse a varias parejas, extrañadas por el ruido. Las dos damas no paraban de echar mano a todos los insultos disponibles en el diccionario, mientras sus caballeros intentaban mantenerse a distancia sin arriesgarse a dejarlas solas, ya que en alguna ocasión sus blancos guantes había quedado manchados de rojo. Cuando cada una empezaba ya a insultar sus partes bajas, y más de una querida murmuraba ya en el hombro de su querido si no sería gentil pedir a algunos de los muchos soldados que seguían merodeando por allí si resultaría tan amable de poner orden, Sarecu echó una mirada a su alrededor buscando cualquier cosa que pudiera ayudarles a escapar con vida de allí. Y lo encontró.

                                    -Adivina, adivinanza, ¿quién va a ser nuestra esperanza?- susurró a su amigo apoyándose en el hombro.

                                        Dusarle estiró la cabeza y vio a que se refería, sonriendo instantáneamente. 

                                             También las dos muchachas giraron la cabeza al oír los cuchicheos.

                                 -¡Lidi!-estuvieron ambas por una vez de acuerdo.

             La feyaza cruzó las calle con su sempiterna sonrisa y se plantó ante las que antes discutían.

                                                   -¡A los buenos días! ¿Se me echó de menos?-sin esperar respuesta, prosiguió, como solía hacerlo-Se ve que sí. No tenéis otra cosa que hacer que perder la compostura. -seguidamente miró cómica a los caballeros, que contemplaban la escena un poco atrás, por si las cosas volvían a calentarse-No sé por qué no vienen a pararos esos maridos tan… serviciales con los que os habéis casado.

                                             -Fue a hablar la que aún no sabe dónde está el suyo-Dusarle siempre carecía de pelos en la lengua.

                                                             Lidi le miró un momento con desdén. El comentario le había dolido, ya que, efectivamente, aún no había podido encontrar a su esposo y se encontraba entre dos parejas ya perfectamente formadas.

                                           -Eres increíble. No sabes percibir una broma, ¿verdad? Intento pasar el rato y olvidarme un momento de la soledad que me acongoja y solo recibo esto. ¿Te parece razonable?

                                        -Lidi,…-Dusarle parecía querer decir algo, pero no era, por el tono, una disculpa.

                                -Oh, cállate, no he pedido tu opinión. No estoy para disculpas ahora. Tú eres un hombre y puedes decir lo que te venga en gana, pero no, yo soy una mujercita y tengo que hablar con finura y elegancia. Pues no,-dijo dando un pisotón. Su cara estaba roja-no me da la real gana.

                                          -Lidi,…-Arfi también parecía tener algo que decir.

                    -¿Tú también? Pensé que eras mi amiga. Pero la verdad, no sé por qué me paro aquí. Todos vosotros os habéis encontrado nada más entrar, ¿qué vais a entender de mi situación?

                    -Lidi,…-Sarecu salió a repetir la cantinela.

                  -¿Sabéis qué? Me dais asco. Asco porque no solo sois felices donde yo fracaso, sino que además  me lo restregáis por la cara defendiéndoos los unos a los otros. Se acabó. Yo no aguanto más.-Acto seguido, salió corriendo y gimiendo, pero del despiste tropezó apenas dio tres pasos y cayó al suelo.Unos transeuntes intentaron ayudarla, pero ella los rechazó sin miramientos-¡Apartaos todos! ¡No quiero vuestra sucia ayuda! No sé por qué pierdo el tiempo con los que dicen ser mis amigos  y no resultan ser más que unos cerdos. Me voy a escuchar la historia de la muerte de mi marido, que seguro que al menos muriendo lo hizo mejor de lo que vosotros habéis hecho nunca naciendo como hijos de unas…

                                            Llgeados a este punto, la condesa de Qastilgion se colocó al lado suyo, se agachó y se puso a zarandearla.

                                           -¡Lidi!-le gritaba Inglata y le dejó de mover para que respirara un poco.

                                              -¿Qué?-chilló ella casi al borde del desmayo, a lo que los cuatro señalaron en la misma dirección. 

                                                     El lugar al que señalaban, conocido popularmente, como el Parque del Libro (Nans Kôen) era una pradera verde repleta de árboles salpicada por el agua  de sus estanques, aunque en esos momentos estuviera completamente atiborrado. En su puerta se paseaba un caballero, como mínimo, peculiar. Iba ataviado con un vestido ancho,casi hasta los pies, de fondo dorado, pero recubierto de animales extraños pintados con vivos colores, y el cuello de este se plegaba como si de una capa quisieran formar.En torno a su cuello llevaba un zafiros tallados en forma de canica y sobre su cabeza un sombrero parecido a una boina, con los bordes negros, el recubierto rojo y una curiosa torre de diamantes rematándolo. A pesar de sus atuendos, y de que a primera vista su traje pudiera confundirlo con una mujer, aquellos ojos esmeralda enmarcados por cejas grises eran inconfundibles: Zanu Arjiens, Comandante de la Compañía Mitarcha de Zindau, gobernador de las provincias orientales, general… y marido de Dña. Lidi Tsivi.

                                                 -Zanu…-murmuró ella sorbiéndose las las lágrimas.

                                                              A pesar de ser un chillido inaudible, la oyó. Y al darse la vuelta y encontrársela de frente, corrió como alma que lleva el diablo y se fundió con ella en un abrazo.

                                               -¡Lidi!

                                                -¡Zanu!

                                                                            Sus besos y caricias se prolongaron tanto como no se percataron de que los demás les estaban mirando.

                                                -Oye, Zanu, por curiosidad-interrogó Dusarle-¿dónde te habías metido?             

                                              -¿Yo? Pues en mi casa tranquilamente, esperando a qué llegarais el resto. Llevo aquí desde hace dos días. La ventaja de tener que pelearte continuamente con la Almirante de Flota es esa.

                                                  Al oír eso último, los cuatro lanzaron una mirada inquisidora a Lidi. Zanu se percató.

                                         -¿Qué pasa, fue muy plasta en la espera?-dijo riéndose.

   -Oh, que va, solo un pelín…-contestó Dusarle

-poquitín…-matizó Arfi

-bastantín..-apostilló Sarecu

-extremadamente muchitín plasta-completó Inglata.

                                                            Zanu se rió a carcajadas mientras Lidi se sonrojaba y fulminaba a todos con la mirada.Una vez calmado, dijo:

                        -Por cierto, os estaba buscando.

-Creo que todos nos estábamos buscando a todos. Aún nos falta por pillar a Ansor, a Cureli, a Jirayete, a Qaxet, a Biulói…-contestó Dusarle.

                               -Eh, no, no me entiendes. Se nos ha invitado a una fiesta y todos ya están allí. Faltáis vosotros.

                            -¿Una fiesta?¿Dónde?

                           -En palacio

                                                                         A todos se les quedó un atisbo de duda. José Javier, el Emperador de Mitarch, no solía usar nunca el Salón de los Espejos del Palacio de Rácphanus. Y tampoco era muy expresivo en cuanto a celebrar victorias.Para él, la victoria era el trabajo que se debía hacer, y la derrota una holgazanería. Mientras en la mente de todos se conjuraban extrañas teorías para explicar qué festejaría un hombre que solo dejaba oír su voz para reprochar con mucha dureza cualquier cosa que fuera de su desagrado al Senado, la de Inglata estaba intentando hacer el inventario de los trajes  de su armario para cambiarse lo más rápido posible.

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