Publicado en Inspiración

La Paloma (5): Cómo romperse el brazo a una misma

 

                                                       Aquello era irreal, no, eso no podía ser. Pensé que sería un espejo. ¿Pero quién pone un espejo en medio del patio? Nunca pensé que sobrara el dinero de esa forma para ir dejando cristales por ahí a la espera de que esos brutos que se creían Casillas se los cargaran. ¿Un reflejo? Imposible, ni el agua forma charcos en las paredes ni yo estaba girada hacia la izquierda, leyendo un libro de mates. ¿No obstante, cómo estaba yo ahí? Había viajado un mínimo de 10 veces en el tiempo en la habitación de Eduardo, y no me había dado de bruces conmigo en ningún momento. ¿Por qué ahora sí estaba delante mía? Quedé unos segundos semiescondida, observándome en silencio. Después, he de decir que la curiosidad cedió al embeleso. ¿Presumida? Un poco sí, como todo el mundo, pero no era eso lo que me fascinaba. Era verme. Llevaba media hora 10 años rejuvenecida, pero cuando es tu propio cuerpo, llegas a encontrarlo ‘normal’. Por el contrario, ahora me tenía delante mía, moviéndose, respirando, a alguien que era yo, a una persona viva que yo solo había visto en fotos que parecían de siglos antes, sonriendo quizá, pero inmóvil, atrapada, rodeada de gente ya casi irreconocible. Casi dudaba de que yo hubiera existido más allá de tres mañanas atrás. Y ahora, alguien que era exactamente yo, como nunca me habría llegado a imaginar, se sentaba delante mía.

                     No sé cuanto tiempo estuve absorta mirándome. Lo que quedaba del recreo era una miseria, pero ciertamente me pareció haber pasado la eternidad observándome. Hasta que, bruscamente, se giró hacia mí y, clavándome los ojos, me saludó.

                 – Buenos días. Te estaba esperando

                          <¿Me conoces?>, quise preguntarle, pero sencillamente me quedé en silencio, forzando la sonrisa más boba que he conseguido hacer en la vida. Me miro un segundo y después, dándose la vuelta, me dijo:

                  -Hala, ya te he dicho lo que te tenía que decir. Ya puedes irte.

                             En ese momento, reaccioné. La cogí del brazo ante su asombro, la arrastré a una esquina donde nadie nos viera y me encaré cara a cara con ella. Pensé en volver a presentarme, pero visto que ya me conocía, dios sepa de qué, me ahorré los saludos.

                  -Esto… Te equivocas, la que se va eres tú. Vengo del futuro a hacer este examen por ti. Quédate por aquí y luego bajo y te comento cómo me fue.

           Me sentí tonta hablando de esa manera, no obstante, tanto o más ridícula resultó la respuesta.

           -Ah…¿En serio? Bueno, ya puedes irte por donde has venido. Este examen lo voy a hacer yo.

                   -¿Estás loca? ¿Tienes idea de la pena de nota que vas a sacar?

                     -¿Yo? Imposible. He estudiado lo indecible y puedo asegurarte que aunque dude algu…

                 Justo en ese momento la interrumpió el timbre. Estaba buscando una excusa para interrumpirle y la encontré.

                              -Sí, sí, luego me cuentas, ahora tengo prisa, que ese control tenía el tiempo justo- la eché a un lado y me dispuse a avanzar hacia la escalera, pero entonces me agarró el brazo. Mantuve la calma y le hablé con la voz más fría que fui capaz de poner.-Suéltame YA.

                    -¡No! Ese examen voy a hacerlo ya y no vas a impedírmelo.

                En ese momento, perdí la paciencia. Me di la vuelta, con una cara ya más que a punto de estallar de la ira y la empujé contra la pared, sujetando sus brazos con mis manos. Intentó arrearme una patada, pero rápidamente la esquivé y le di un fuerte puntapié en la canilla, que la dejó medio coja y la obligó a serenarse.

                                -¿Oh, sí, en serio?- dije, con la expresión roja ya de la rabia de tantas cosas raras, y un rictus en la boca que parecía un cruce entre la risa de una hiena histérica y el Joker.-Bueno, mira, más fácil, ni para ti ni para mí, nadie va a hacer esa examen. Te voy a partir los brazos y, en lo que tardas en recuperarte, te prepararas con más ahínco.-Asustada, intentó zafarse, pero mis manos apretaron con mas intensidad sus enclenques bracitos. Yo seguía conservando mi fuerza de adulta y estaba dispuesta a usarla.

             En ese momento se desató mi vena sádica. Antes tenía prisa por irme, ahora, con la situación bajo mi control, sin que nadie fuera a hacerlo, quise divertirme un poco, antes de que alguien viniera a buscar a su compañera.

                         -Dame una, una sola y mísera razón por la que no debería hacerlo- le dije riendo, pero mi risa se calló cuando la vi sonreír.

                  -Venga, dime esa razoncita para seguir riéndome.

               Hizo su sonrisa aún más amplia y, antes de que abriera la boca, empecé a presentir lo peor.

                      – Si has venido hasta aquí es porque suspendiste, pero si suspendiste, es porque no viniste hasta aquí- me soltó y, de forma anormal, empezó a reírse como una maníaca.

                                       ¿Habéis sufrido alguna vez un golpe en la cabeza con una potencia parecida a la de la suma de un golpe del bate del mejor jugador de béisbol, un penalti furioso y setenta y ocho rebotes de baloncesto sin que os estallara? Eso sentí yo. De repente, dudo si fue ella o el destino, un repentino dolor en la cabeza me hace retroceder mientras ella se seguía riendo como una histérica. Mientras intento recuperarme, de repente el suelo desaparece bajo mis pies. No sé si estoy cayendo, sencillamente dejo de sentir bajo mis zapatos. Miro a mi alrededor, pero todo es oscuro. Es el vacío. Había intentado hacer lo que me había venido en gana violando las leyes del tiempo que Eduardo había intentado explicarme. Y ahora voy a sufrir mi merecido. Al poco, las piernas dejan de hacerse sentir,parece que mi cuerpo acaba en mi cintura. Intento usar los brazos para nadar, huir de allí. Pero pronto quedan tiesos y empiezan a desaparecer lentamente, engullidos por la oscuridad: primero la punta de los dedos, luego la muñeca entera, prosigue hasta el codo. Entonces lo comprendo; voy a morir. Y me echo a llorar. Pero de nada sirven ya los lamentos; la única lágrima que consiguió alcanzar mi mejilla se quedó ahí quieta, convertida en una estatua. Pronto solo queda mi cabeza, la oscuridad acalla entrando en mi boca cualquier silencioso e inútil lamento que hubiera podido hacer, me quedó rápidamente sin nariz, pero ya no es necesaria, ahí no se puede retirar. Finalmente, dejo de sentir, solo mi pensamiento sigue un rato prolongándose como eco por ese vacío y, lentamente, el grito se convierte en un ruego, en una inaudible chillido de ratón, y termina integrándose en el silencio.

 

 

 

 

 

 

 

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