Publicado en Inspiración, La Paloma

La Paloma (4): Reflexiones de una Saltarina a la Lluvia de Marzo

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                     Si la madrugada de diez años después me podría haber ahorrado un buen baño por aquella lluvia, al lado de lo que caía sobre mis muñecas desnudas aquella mañana de fines del invierno era una llovizna, el leve ulular de una brisa veraniega. Las gotas heladas se deslizaban boca abajo por los cristales de las ventanas espiando mi presencia , el frío buscaba incansable un hueco de mi piel donde pudiera hacerme tiritar cada hueso y la escarcha formaba una telaraña en los cabellos, convirtiendo el color limón del que tan orgullosa en una suerte de bucles crema que me llegaban a mitad de espalda. En aquel clima de perros es la única vez, en cuarto de siglo que llevo paseándome por España, que me he arrepentido de mi trajecito de ‘mariquita’ (vestido hasta la rodilla rojo con lunares blancos y unas bailarinas negras), por lo demás, mki combinación preferida, y de mucho éxito hay que decir. ¿Pero qué hacía yo congelándome, borrando de la historia diez años de historia? No lo he comentado, pero si la humillación fuera una tinta roja, el 4 de marzo estaría marcado en todos mis calendarios con sangre.En aquellos momentos, he de decir que no parecía muy preocupada por ello. El tiempo te vuelve a poner como estabas entonces,y yo, repentinamente, volvía a ser una jovencita de poco más de 10 años con su enorme paraguas. Las piernas me bailaban y correteaban por el patio del colegio como el cuerpo hacía ya varios meses se negaban a hacer.Con agilidad, como un juego, saltaba entre los charcos como un pajarito. Disfruté de lo lindo. Hasta que, de repente,un salto un poco corto me inundó la bailarina izquierda de agua, entrecerró mis ojos, quitó mi sonrisa y me recordó por qué estaba allí.

                                        Puede que alguien que lea esto piense que soy una pésima estudiante tras leer lo que le hice al pobre Eduardo. Nada más lejos de la realidad. No es algo de lo que me sienta orgullosa, pero, aunque mi rendimiento en la universidad no es perfecto, tampoco es desastroso. Hubo una época en que eso pudo haber cambiado, una época que fue el punto álgido de mi mejor época de estudiante; esa época recibe comúnmente el nombre de febrero.Siempre tuve, hasta ese momento , por ejemplo, una feroz competitividad con una compañera llamada Irene. Y en ese momento, la partida se inclinaba irremisiblemente de mi lado. Una energía absoluta, una euforia sin igual, una suerte sin paliativos impregnaba mi actuación en todas las asignaturas, pero mi mayor orgullo, la joya de esa corona cuyo número de diamantes parecía carecer de final, era Matemáticas. Antaño era esa faceta suya la que equilibraba mis éxitos en otras asignaturas, pero, mientras ese invierno le iban dando continuas malas noticias, por mi parte solo recibía buenas. Cada vez que me sentaba para hacer un examen, los lápices, divinamente inspirados, escribían por mí unas respuestas que nadie podía discutir. Mis proyectos ya eran, como sueño, vencerla en el control final y certificar así mi neta e indiscutible superioridad. ¿Qué podía salir mal? Era exactamente lo mismo de los demás controles.

 

                                                            Pero la suerte se me esfumó. La semana anterior, tras varias perfectas, estuve enferma, tuve problemas familiares y, el mayor disgusto de mi vida, murió mi perrito, Lic. Creo que nunca he vuelto a ser la misma. A pesar de todo, en todas las pruebas que hicimos antes seguí batiéndolos a todos, empleando el escasísimo tiempo que tenía estudiando como una loca. Sin embargo, el día del control dije basta. Al final de él tenía claro que iba a suspender. Los días siguientes me volvió el animo y pensé que no me había ido tan mal.Pero las esperanzas no borraron ninguna de las numerosas cruces rojas que adornaron el examen. Tampoco impidieron que, in extremis, en el último momento, Irene superara mi nota cuando unos días antes cualquier posibilidad era contraria, que en la siguiente y última evaluación, se empeñara a fondo y demostrara por qué todos (me excluyo) la llamaban la Calculadora sin Pilas, ni que aquella ‘masacre’, como es lo que fue, me hundiera anímicamente en todas las demás asignaturas, repitiera curso, conociera a unos nuevos compañeros que, más que procurarme su amistad, me cubrieron de burlas y aislaron de ellos hasta la saciedad, hubiera de sollozar nuevamente una noche de verano. Pero ya la tercera vez que cursas, a la fuerza es imposible repetir, y ya nada me detuvo, pero la herida, aunque cicatrizada, ya no se borrará jamás. 

 

                                                        Jamás… Aun siendo consciente de la gravedad de la situación a la que venía a enfrentarme, una sonrisa no pudo evitar aflorar en mis labios del embuste. El plan era tan claro como las gotas que caían: si recordaba bien mi viejo horario escolar, en cinco minutos tocaría el ‘timbre tenebroso’; el que finalizaba el recreo y daba comienzo a la última ronda de clases. El día y la hora estaban bien escogidos: era el patio antes de aquel legendario control de mates, como tanta gente estudiando y pidiendo extensos resúmenes de último minuto delataba. Por el contrario, yo saltaba y reía aún mientras pudiera. ¿No estaba a las puertas de un desastre? Recapacitemos. Había tragado mates durante seis años más. En ellos usé una y mil veces aquellas fórmulas. Y no solo eso; en el examen prácticamente copiaría. Había guardado en la mente como un recuerdo imborrable cada una de las preguntas, tenía talladas en mármol inmarcesible cada una de las respuestas, las anotaciones… Había esperado siglos aquel momento y mientras cruzaba la puerta del colegio, comprobé que tras tantos años de espera no iban a traicionarme. Miré el reloj. Faltaban dos minutos y treinta y tres segundos para mi venganza. Treinta y dos. Treinta y uno. Exhalé aire; sí, definitivamente Eduardo había hecho un buen trabajo.

 

                                            Entonces, no tuve mejor idea que escrutar en busca de mis compañeros. Amadeo, intentando mantener la calma, la perdía gritando por un desesperado resumen rápido. Isabel ya se había rendido y planeaba con otras el fin de semana. Irene estudiaba como una loca para un examen en el que sacaría más nota, pero no la acostumbrada.Aquello último, con sadismo, me hizo sonreír. Miré el reloj. Dos minutos exactos. Volví a levantar la vista y, esta vez, lo que vi me heló la poca sangre que aún tenía caliente. Vi algo dantesco. Vi algo imposible. Me vi.

 

 

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