Publicado en Inspiración, La Paloma

La Paloma (3): La Emperatriz de la Galaxia

http://www.freiburg.de/pb/,Lde/714132.html

 

                                             Cuando volví a encender el móvil, tras cinco minutos perdida en el interior de mi mente, habían transcurrido siete minutos. No lo hice para medirlo, al contrario, me importaba un comino la hora que fuera si aún no amanecía.Pero no, no podía creerlo. No, definitivamente yo no me había ido antes de esa hora. Pero, ¿qué había pasado? Era imposible que hubiera pasado un día entero inconsciente sin que nadie tratara de despertarme, pero recordaba perfectamente la hora. Aún mareada, opté por ponerme a cubierto en lo más profundo del árbol, intentando que las hojas me resguardaran de una llovizna que no acababa. En ese momento, oí un leve piar en el bolsillo y note como algo se deslizaba. ¡Creo que nunca en la vida he tenido tanto reflejo como para agarrar el móvil y a la vez, columpiándome para evitar caerme, agarrarme de otra y terminar bajo las hojitas! Tras semejante proeza gimnástica, lo menos que pude hacer fue suspirar y, recostándome sobre el tronco, encendí el móvil y leí el mensaje.

-Por donde andas?-quien me mandaba el mensaje era Isabel, una de mis mejores.

-En mi casa. ¿No puedes dormir a esta hora?

-Yo? Q va, si estoi vailando lo q no sta scrito.

-¿Bailando? ¿Sales de una fiesta y ya estás en otra?

-q otra mujer? Lo q no entendo es pq te as ido

-¿Irme? ¿De dónde?

-d donde va ser. de la fiesa.

-¿Fiesa?

-*fiesta-no tengo ningún problema con las faltas de ortografía, pero hay algunas que hacen parecer el ‘español whatsappero’ un código de espías. Ya pensaba que Isabel estaba atrapada en una fresa, o que se la estaba comiendo una fiera.

-Bueno, pero a ver, ¿también hay fiesta hoy?

-Pero como q tanben ai fiesa oi? Si tu estavas aqi ace 20 mins. Pero bamos, me voi dos mins al vaño y ya me dejas a Rodri pa mi sola 😁.

                                     Me costó descifrar todo lo que ponía, pero una vez lo hice, se me heló la sangre. Hacía 20 minutos yo estaba tirada en la habitación de Eduardo, sangrante y desmayada. O al menos debía estarlo. En ese momento, oí una risa, casi inaudible, en mi oreja. La piel se me erizó completamente mientras giraba con lentitud hacia la cabeza hacia la ventana. La oscuridad que había en su abierta boca parecía reírse de mí, tentándome con su oscuro infierno. No sé que pasó esos instantes, pero cinco segundos después me encontraba dentro de la habitación. Siete, la rama se había partido y caído al suelo. La habitación y yo estábamos solas. La una contra la otra.

                                            Con lentitud y cautela volví a aproximarme a aquella máquina, palpando con los dedos todo para evitar volver a darme otro golpe. Esta vez, el pelo recogido en una coleta improvisada (como solo una mujer sabe hacerla sin goma, haciendo equilibrios sobre la rama de un árbol, una oscuridad total y resina cayéndote por todas partes) me salvaba de otro mortal enredo. Sin mucha dificultad, volví a hallar la palanca y, nuevamente, el miedo se apoderó de mí. Pero no había marcha atrás. No había abandonado mi mullida sábana para cruzar la ciudad de la Alhambra hecha la personificación de lo que no es la moda, golpeado todo lo golpeable y tirado en un árbol bajo el que me había destrozado el pelo para salir corriendo como una niña pequeña. Aferrando la palanca, con miedo sin embargo, me giré la mano hacia el lugar donde se suponía que estaba la cama de Eduardo y me dispuse a volver a subir la palanca. Fue algo lento, cada segundo paraba y esperaba a ver algo nuevo. Porque al principio, efectivamente, no lo hubo. Pero después, poco a poco, ocurría algo mágico: la oscuridad se iba replegando, las nubes volaban hacia el horizonte y tímidos rayos del sol avanzaban por la sala dejándome maravillada. Tanto, que proseguí deslizando la palanca casi sin darme cuenta. Y de repente, lo oí. Un golpe fuerte en el suelo.Paré la palanca, pero ya era tarde. Los golpes avanzaban incesantes y en ese momento, vi. Eduardo apareció como un maníaco. Entonces sus gritos sí se oyeron con total precisión:

-¡¿Qué haces aquí?! ¡No toques mi máquina!

                                              Tiempo me faltó para bajar la palanca. Algo tenía que pasar. Y sucedió.De repente, la voz de Eduardo empezó a hablar en un lenguaje incomprensible y a hacer exactamente lo contrario, es decir, dio marcha atrás como una cinta rebobinada, se echó la manta encima y comenzó a roncar. Bueno, supongo que lo hizo, porque lo cierto es que cualquier ruido que hubiera en la habitación fue acallado por mi cuasi histérica risa. ¡Una máquina del tiempo!¡Eduardo había inventado una máquina del tiempo!¡Sacaríamos un 10! Bueno, al menos él. Por mí parte, el valor nuevamente entró en mi seno y, ya sin vacilar, volví a subir la palanca. El sol, siguiendo mi sagrada voluntad, se irguió nuevamente la ventana y Eduardo se lanzó sobre mí como un bárbaro. Un suave toque de palanca y, a orden mía, la luna volvió hacer acto de presencia mi pálida belleza iluminando, Eduardo volvió a dormirse y yo volví a erguirme sobre mis tacones púrpuras, acaso como la mujer más poderosa del universo, mientras tuviera una mano en la máquina incapaz de ser vencida por rey, ejército o poder alguno. La codicia susurraba lujuriosa en mis oídos cosquillosos cuanto podía hacer. Y mis sentidos quedaron a su merced. El mundo era mío. Pero no era suficiente.  

 

                                                Con la mano que me quedaba libre, desenfundé el móvil y me dispuse a explorar la máquina usando el flash.Era incomprensible, pero su diseño y perfección me fascinaban. Una mesa metálica, sobre la que asomaban multitud de pantallas, solazaba mi curiosidad. Todos los botones, exactamente iguales, con sus colores brillantes, alineados en filas perfectas y perfectamente etiquetados: Energía, Guía, … Solo uno, un motor con el nombre Ajuste. Insaciable capricho por bandera, me dispuse a girarlo y capté que un número se movía en una pantalla a mi derecha: 7 de mayo de 1945. Volví a girar un poco hacia izquierda y pasó a ser el 22 de enero de 1901. Entonces, me puse a pensar que iba a hacer. Podía marcharme en ese momento, pero era tonto malgastar una oportunidad que quizá al día siguiente, en el barullo de la feria, no tendría. ¡Podía viajar el futuro y verme al fin rica y triunfante! Pero que yo estuviera en el futuro en un sitio que no fuera esa habitación significaría que habría abandonado la máquina. Y abandonar la máquina supondría suspender al día siguiente, repetir curso, enfrentarme a mis padres, abandonar la casa, engrosar la lista de desempleados, pudrirme bajo los muros de algún callejón de mala muerte…De repente, la idealizada modelo de labios escarlata cubierta por una pamela celeste en su habitación blanca con la que había soñado se metamorfoseó en un segundo en una sucia sombra que huía de la policía en una nebulosa noche. Tenía que viajar al pasado para cambiarlo. Pero,¿a qué fecha?.

 

                                    Las flores en el jardín brotaron durante diez minutos mientras a mí fechas y fechas se me acumulaban en la cabeza. ¿Una cita? ¿Un examen? ¿Una discusión?¿Un acontecimiento internacional? ¿Qué merecía mi atención? Pero entonces, una llama se prendió en mi cabeza y quemó el resto de las ideas.Sí, ahí había de ir, ese era el origen de mis males. Yo, Margarita Ferraz González, iba a cortarlo de raíz, iba a borrar de la mente de millones de personas a las que influyó de una forma u otra, iba a extinguir completamente esos instantes angustiosos. Tenía 24 años. El cuco marcaba exactamente las 4:01 de aquella madrugada del 27 de junio de 2024. En la pantalla, mientras yo aguantaba la vista firme, en pie frente a mi destino, estaba sin posibilidad de error la fecha a la que me dirigía: 4 de marzo de 2016.

 

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