Publicado en Inspiración

La Paloma (1): Srta. Margarita

                                                                           

http://fondosx-hd.blogspot.com.es/2013/04/imagenes-de-palomas.html

 

                                          Escasos instantes habían transcurrido. Solo unos segundos había desviado la mirada hacia el arco que adornaba la puerta de La Regenta cuando sentí repentinamente cierta calidez en una zona de la tela que cubría voladiza mis muslos. Me giré sobre mis finos talones , ansiando quizá, rogando casi, que fuera ese tronco de roble, ese torso musculado que era mi amor, mi Amadeo (¡qué sola me sentía!). A mis espaldas, para mi disgusto, no había nadie, pero para mi orgullo, hubo una desagradable sorpresa. Fue cuando mi falda pastel dejó de girar en torno a mí cuando, con la respiración entrecortada y los ojos como platos por el hallazgo, descubrí el origen de mis males. Un excremento. El asqueroso excremento de una maldita ave, quizá con diarrea. Alcé la vista, solo para avistar de una ojeada asesina a una blanca paloma que se alejaba batiendo sus alas con premura, como si adivinara lo que estaba pensando hacerle si hubiera tenido una escopeta a mano. Y la bajé, únicamente para soportar las mofas de los chicos, incluyendo, cruel y traidor destino, a aquel galán con el que yo soñaba, y las sornas mal contenidas de mis compañeras. Creo que fue esa la primera vez que juré que volvería para vengarme.

                                                  ¿Quién no ha tenido alguna vez en la existencia el deseo más profundo de enmendar error o desgracia retrocediendo en el tiempo? Soy especial en muchas cosas, mejor de una forma superlativa en tantas, que creo incluso que puede la envidia ajena ser la causa de mis desgracias, pero no diferente aquí. Citas, exámenes, discusiones, citas a las que no debí haber acudido, encuentros, comentarios, citas arruinadas por ir publicándolo por ahí…Decir la cantidad de cosas de las que me arrepiento en un solo día dinamitaría la duración máxima que se me permite.

                                              ¿Cuántas veces habré soñado que, un día, tomando el café, se sentaba delante mía mi yo del futuro, una fémina a poco de proclamarse mujer más bella de España, con los bucles dorados cayéndole como una cascada por una hermosa blusa pastel, mil rubíes que le colgarían de innumerables pendientes y diamantes con la que le habrían agasajado todos aquellos infelices pretendientes que la suplicaron como jabatos indomables el derecho de eclipsar por un día el amanecer con su sonrisa más pequeña, un suave rictus en la comisura de los labios que les hiciera sentirse los más afortunados de la Tierra, a contarme, mientras mí interior ansiaba sellar su boca como un arma tan sencilla como era toda la envidia y fascinación que pugnaba por no escupirle, lo maravillosa que era su vida donde discutía con su iPhone 26s como si fuera el espejito de la Reina de Blancanieves? Las mismas que he pensado en lo maravilloso que sería que fuera yo quien volviera y se viese a sí misma naciendo, dando sus primeros pasos, bailando Blancanieves en aquel memorable ballet del verano de 2012, conociendo a las que serían luego mis mejores amigas…Y todo ello, casualidades tiene la vida, tuve la oportunidad de hacerlo una de mis noches de universitaria granadina, aquella en la que la luna vistió su traje más radiante y el sol consumó su matrimonio con ella mientras las pequeñas estrellitas danzaban a su alrededor … Y una niña, dulce cabecita de tirabuzones rubios y por ojos, espejos del color de la esmeralda, me convenció para no hacerlo. ¿Qué fue lo que me dijo? Ah, sí,…

                                                         El campanario de la iglesia marcaba ya las 12 de aquel viernes mientras yo regresaba resfriada, intentando salvaguardarme de la intensa llovizna con una chaqueta amarillo que había comprado aquella misma tarde y ya estaba estropeando. Regresando como regresaba de una fiesta, aún considero si existen los ángeles de la guardia, pues dudo que haya forma humana de explicar como llegué a la puerta de mi casa tras tres ginebras, cuatro blancos y cinco horas bailando lo que pusieran. Si hubiera girado el pomo y me hubiera tirado sobre la cama, de la que sin duda no habría salido hasta el lunes, te alegrarías de saber que la historia ha terminado. Pero, como solo los inteligentes adivinan, no lo hice. La noche, como es joven, tiene cosas extrañas y la de aquella fue un atisbo de responsabilidad (según se mire). Fue la visión de Eduardo, un compañero de clase. En un trabajo que había que presentar para Tecnología al día siguiente lo había dejado un poco (muy) solo. Dado que no tenía nada especialmente interesante que hacer en pijama bajo las sábanas, opté por, venciendo tras dura lucha mi sueño, hacerle una brevísima visita. Podría argumentar al día siguiente que había hecho algo (aunque fuera sacarlo de la cama el día anterior de madrugada e incordiar) y, de paso, conocer nuestro proyecto, ya que, por mucho que el me había explicado mil y una veces la relación hipercósmica entre la relatividad y las ondas espacio-temporales, no tenía la más remota idea de que estaba haciendo. Así que, si alguien tiene pesadillas por haber visto a esa noche a una zombi deambulando por Granada a las dos de la mañana con lo primero que encontró en el armario, que no se preocupe que no lo volverá a ver (al menos, no con esa ropa).

No me gusta tocar el timbre de madrugada. Resulta un incordio esperar a que te abran. Me resulta más sencillo trepar por un árbol cercano y entrar por la ventana. Si encima tu compañero tiene la costumbre de dejársela abierta, el asunto va rodado. En lo que no tengo contemplaciones es a la hora de despertar a la gente, ya sea fingiendo, con una voz de ángel, ser su madre o dándole golpes con lo que tenga más a mano. Y esa noche no lo hice porque sobre la mesa vi un objeto que me llamó la atención y me hizo apartar la mirada de la horrible visión de un veinteañero con un pijama rosa que pone ‘I ♥ mummy’…

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